No es la amnesia dócil que borra el pasado, ni el abrazo tibio que finge la paz, es soltar el filo, con manos cansadas, que sangran de tanto apretar el puñal. Es el nudo ciego que cede en el pecho, dejando escapar el aliento fatal; no te libero a ti de tu propia condena, tan solo me libero mi propia cadena.
Dejo caer la roca que me hacia doler la espalda, no exijo que pagues, no busco tu luz, que el tiempo decida qué hacer con tus culpas, mientras yo abandono mi propia cruz. Hoy cruzo el umbral de las viejas cenizas y cierro la puerta de aquel vendaval, para respirar, por primera vez libre, un aire sereno que no duele más.
Pero al soltar el arma, también desnudo mis propias sombras si acaso fui yo la raíz de un lamento, si dejé escombros, si fui yo la espina, o el ciego arquitecto del sufrimiento; si a Dios le he fallado, perdiendo el camino, faltando al propósito de mi existir... lanzo mis disculpas a la inmensidad: hoy doy el perdón para no desangrar, y pido perdón para al fin sanar.