Que lo cursi muera dicen
como si mirar distinto fuera enfermedad
y no privilegio,
como si nombrar la belleza fuera un exceso
y no una forma de resistir al mundo.
Que las estrellas se apaguen en silencio,
que las galaxias se queden en mapas científicos
y no en el reflejo tembloroso de unos ojos
que contienen universos sin explorar.
Que los girasoles sean solo flores,
que la noche estrellada sea apenas un cuadro colgado en la pared,
que el arte no perturbe,
que no sacuda la calma
ni nos obligue a sentir más de la cuenta.
Que el atardecer sea solo el término del día,
un trámite del tiempo,
y no ese incendio suave
que nos recuerda
que la vida aún sabe arder hermoso.
Que lo cursi muera —repiten—
porque temen al que siente demasiado,
al que encuentra metáforas en lo cotidiano,
al que ve milagros
donde otros solo ven rutina.
Pero no hay poeta loco,
hay gente cuerda que olvidó mirar,
que dejó de asombrarse,
que le puso precio a la ternura
y llamó exageración al amor.
Si lo cursi es escribir lo que vibra,
si es confesar que el arte salva,
que la belleza desarma,
que amar es un acto casi sagrado,
entonces
que me llamen cursi.
Porque prefiero una mente incendiada de metáforas
que una vida correcta y vacía.
Prefiero lo cursi
como quien elige respirar
aunque el mundo insista
en contener el aire.