Y entonces, de pronto, llegaste. No te encontré, me encontraste. Es un detalle importante, porque los hallazgos son distintos a los encuentros, un hallazgo es un objeto, un encuentro es una puerta. Tú eras esa puerta. Y yo estaba del otro lado.
Y claro, la única diferencia entre mí y todos los demás, la sola cosa que me hacía un original, era que tú me amabas. Sin reglas. Sin manual. Sin la necesidad de hacer piruetas para que la gente te quisiera, una suerte de magia silenciosa que hace que las personas te miren y dejen de ser copias. Dejan de ser, por un instante, lo que el mundo les obliga a ser.
Antes de ti, yo era una serie de borradores mal trazados. Vivía en ese cansancio invisible de quien intenta parecerse a lo que se espera de él, perfeccionando el arte de la copia para no desentonar en el paisaje...
Recuerdo que me amabas, sin ese manual de instrucciones que el resto del mundo me ponía en las manos antes de saludar.
Porque tú no buscabas un reflejo de tus propios deseos, ni un actor que se supiera el libreto,
Esa era tu magia silenciosa:
tenías el don de suspender la gravedad bajo tu mirada. Ya no hacía falta el equilibrio precario, ni el disfraz de domingo, ni la palabra precisa para evitar el juicio. Contigo, por un instante que parecía eterno, las personas dejabamos de ser versiones de otras personas.
m.c.d.r