Había un aire que escapaba
de manos abiertas,
repartido como pan líquido.
La palabra —agua limpia,
sombra del cuerpo—
sin necesidad de contención,
escurría y llegaba.
Las palomas de la plaza
abrían sus alas sin protocolo,
invisibles.
Los niños corrían
sin conocer
la palabra libertad.
La risa, como el silencio,
no necesitaba explicación.
La verdad estaba sobre la mesa;
nadie tiraba el mantel.
Respirábamos
como respiran las hojas.
Respirábamos para estar,
sin nombre.