La piel vasta
La vida no se detuvo.
He muerto —lo supe—
cuando el pan siguió dorándose en la mañana
sin registrar mi ausencia.
La calle hizo su ruido habitual:
un perro ladraba a la nada,
un autobús abrió su boca de lata y humo,
alguien compró naranjas
como si el mundo no hubiera perdido
su centro secreto.
Yo esperaba —confieso—
una leve vacilación del aire,
un tartamudeo en la luz,
algo que delatara
la nueva geometría de lo real.
Pero no:
las horas prosiguieron su labor
con la misma presión inexorable.
He muerto,
y la mujer del balcón sacude migas
sobre la cabeza de las palomas.
He muerto,
y un niño patea su destino
contra la pared del mediodía.
He muerto,
y nadie advierte
que falta una respiración en el inventario,
que un nombre ha evaporado
su lugar en el aire.
Así comprendo:
nunca fuimos el eje,
apenas un temblor efímero
en la piel vasta de lo vivo.
Y, sin embargo,
algo de mí persiste —no en la memoria,
ni en la lágrima escasa—,
sino aquí, en esta inercia:
el grifo que gotea sin cesar,
la corriente que fluye
sin saber que puede detenerse.
He muerto.
La vida no.