Llueve sal de mis entrañas
sobre el cielo sanguinario.
Un brezal de pena amarga
es mi cruz y mi rosario.
Si tus ojos me presagian
el peor de los caminos,
sé la daga cristalina
que acaricie el cuello mío.
Si la tierra es mi destino,
que me jure el mar su olvido,
pues me pesa la certeza
de lo que hube de haber sido.