He pensado mucho en ti últimamente.
No es que dejes de estar en mi mente, pero hay momentos en los que tu presencia me invade con una fuerza tan grande que siento la necesidad de escribirte. Tal vez mis palabras no alcancen, pero son lo único que tengo por ahora para decirte lo que me haces sentir.
Desde que llegaste a mi vida, todo cambió. No de forma drástica, como en las películas, sino en pequeños detalles que, sin darme cuenta, lo transformaron todo.
Tu sonrisa se volvió mi paisaje favorito. Tu voz, mi melodía preferida. Tus brazos, el refugio que buscaba incluso en los días buenos, por que contigo lo bueno siempre se volvía aún mejor.
A veces me pregunto que hacía antes de conocerte. Cómo era mi mundo antes de que tus ojos me enseñaran a mirar distinto, antes de que tu sonrisa llenara mis vacíos, antes de que tus manos me enseñaran a amar sin miedo. Y por más que intento recordarlo, todo me parece borroso, como si mi vida empezara verdaderamente contigo.
Me enamoraba de ti todos los días.
Cuando te veía distraído, cuando hablabas de tus sueños, cuando escuchaba tus miedos. Me enamoraba cuando te enojabas, cuando te reías, cuando callabas.
Por que amarte no sólo se trataba de admirar tus virtudes, sino también aceptar tus sombras, y acompañarte en todo lo que eras y todo lo que estabas por ser. No te amaba por lo que hacías por mí, aunque eso me hacía profundamente feliz. Te amaba por lo que eras, por lo que representabas para mi y por lo que provocabas en mí. Por que contigo sentía que era mejor persona. Por que me hacías querer crecer, aprender, ser paciente, luchar por lo que me importaba.
Por que contigo descubrí que el amor no se trata sólo de sentir, sino también de saber elegir. Y yo te elegía. Cada día. En cada instante.
No sé que nos traería el futuro, pero si algo tengo claro es que quería seguir construyéndolo contigo. Quería cuidarte cuando te sientas débil, celebrar contigo cuando te sintieras fuerte, y abrazarte siempre, sin importar que estaba pasando fuera de nosotros.
Gracias por el amor, y paciencia que me diste. Por la forma en la que un día me miraste, que fue un milagro, que te fijaras en mí.
Gracias por la confianza que me tuviste, por dejarme entrar en tu mundo, y por hacerme sentir segura y en casa.
No hay día en que no agradezco haberte tenido en mi vida.
No hay noche en que no llore por ti.