Hay que reconocer que el tiempo es un mal sastre:
nos va estrechando el mundo
justo cuando más cómodos nos sentíamos en él.
Las rodillas ahora opinan sobre el clima
y subir una escalera
tiene ya algo de gesta deportiva o de milagro.
Sin embargo,
conviene no tomarse demasiado en serio
esta manía del espejo por faltarnos al respeto.
Estar vivo a estas alturas
es una forma de desobediencia civil,
un empeño testarudo en seguir ocupando un sitio
que la estadística ya daba por vacante.
Mi vitalismo consiste en esto:
en no tener prisa porque ya no llego tarde a nada,
en mirar el reloj para saber qué hora es,
no para saber cuánto me queda.
He sustituido la ambición por la insistencia.
Si el olvido viene a buscarme,
me encontrará probablemente distraído,
releyendo un verso o terminando el café,
o mejor aún,
perdiendo el tiempo en contemplar tu cuello,
ese paisaje que todavía no han podido urbanizar las sombras.
Porque amar, a esta edad,
es un acto de justicia poética:
un \"sí\" rotundo dicho con la voz cascada,
pero con la precisión de quien ya sabe
que el amor no era el incendio,
sino este modo tan manso de calentarse las manos
en las brasas de todo lo que fuimos.
Que pase el tiempo, si quiere.
Yo me quedo aquí,
bien sentado en mi asombro,
apostando mis últimas monedas al color de la vida
con la paciencia del que sabe
que ganar no era el plan,
sino seguir jugando.