No fuimos solo dos: nos observaba,
la pasión se volvió casi consciente;
la silla supo más que nuestra mente
mientras el mundo entero nos miraba.
La gente sin piedad nos contemplaba,
cedimos al deber, cobardemente;
no siempre se combate abiertamente
cuando el amor desnudo nos gritaba.
El fin llegó, y el pecho aún latía,
pudo más el exceso de testigos
que sostener la fe con valentía.
Se nos murió el amor por dar abrigo
a voces que pedían compañía,
y al final quedó el ruido por testigo.
Jesús Armando Contreras.