Mientras la luna se baña en el río,
y su piel de plata tiembla sobre el agua,
todo dentro de mí quiere estallar en voz,
como si nacieran galaxias en mis costillas,
como si una explosión de metáforas
hiciera nido entre mis pulmones.
Hay una pugna secreta:
la mente pidiendo calma,
el corazón incendiando los bordes.
No soy lo que ven,
no soy la quietud que aparento;
soy un huracán de palabras,
un temblor que idealiza
el gesto más mínimo,
la grieta más pequeña en lo cotidiano.
Resalto lo que se esconde
en los rincones de lo habitual:
el sol golpeando con su brillo los girasoles,
como si despertara un ejército dorado;
la luna, cómplice callada
de los amantes furtivos
que esperan la caída del día
para atreverse a existir.
Mientras la luna se baña,
yo me sumerjo en el recuerdo,
en la certeza de que la belleza
no radica en los diamantes
ni en lo que deslumbra a primera vista,
sino en la sonrisa más sutil,
esa que se esconde dentro de lo sutil,
esa que apenas asoma
y, sin embargo,
ilumina más que cualquier constelación.