Vientoazul

◇ La carta

La carta

 

Cuento

 

Prólogo

 

Un hombre enamorado toma conciencia de su amor perdido.

No soporta el peso de su dolor y se entrega a un destino desconocido que le es esquivo.

 

I) La carta

 

Doblo los espacios y acorto distancias; entonces quiero creer que tú estarás allí, a mi alcance.

Pero extiendo las manos, estiro los dedos y aún mis yemas no te tocan.

 

Comprendí entonces que hoy tú sólo habitas en mi mente. Que lo nuestro fue sólo una ilusión.

 

Menudo trabajo me queda por delante:

hacer lo que ningún enamorado desearía siquiera imaginar… olvidarte.

 

Deberé llevar todo al arcón de los olvidos:

el recuerdo de tu carne y tu espíritu,

todos los besos de pétalos,

tus sueños etéreos,

tus palabras envolventes,

tus caricias de algodón.

Todo… todo… todo.

 

Me ahogo de tan sólo pensarlo.

¡Dios, dame fuerzas!

 

¿Cómo hacerlo si los recuerdos afloran por doquier?

No hay espacio alguno que los pueda contener y entonces caigo en la cuenta de que, cuando creía haber terminado todo, seguro no habré guardado:

 

tus aromas delicados,

tus miradas profundas y cálidas,

tus suaves murmullos,

el deslizar de tu ropa al caer,

tu caminar,

el roce de tu cabello sobre mi hombro.

 

Aun así, creí haberlo hecho.

Y ya creyendo haber concluido tamaña tarea,

me viene a la mente el zigzag del viento trayendo tu nombre.

 

Comprendí en aquel momento que no tendría lugar para guardar el viento.

 

Entonces sólo me asomé al vacío… y me dejé caer.

 

II) La sala

     blanca y el 

     anciano

Me recibe en una sala inmensa, inmaculada de blanco profundo.

 

Como únicos muebles: un escritorio blanco, una gran silla reclinable blanca y, sobre él, un tintero, una pluma y papel de carta.

 

Me recibe un anciano de larga y rizada barba blanca.

De túnica blanca, ligeramente larga, cubriéndole hasta los pies.

Su cabello, extremadamente largo, yacía sujeto sólo por un cordel.

 

Extendió su mano abierta en un amplio ademán,

de arriba hacia abajo y de izquierda a derecha,

invitándome a escribir… y a justificar

por qué estaba allí.

 

Sin siquiera pensar en negarme,

comencé a escribir ésta, mi última carta.

 

III) La entrega

 

Una vez concluida, le entregué la carta al anciano, con más dudas que antes, sin saber qué pasaría después y sin poder hacer pregunta alguna.

Sólo me invitó a permanecer sentado, callado… y se retiró lentamente.

 

IV) El retorno

 

Me sentí flotando en un laberinto. No sabía decir si en realidad estaba soñando. Tampoco podía afirmar si mi cuerpo estaba conmigo.

 

Sólo pensaba. Las imágenes fluían. Salía de un letargo profundo.

 

Estaba mirándome a mí mismo, tendido en la cama de un hospital, reponiéndome.

 

Después de eso, no recordé más nada.

 

Cuando amaneció —sin saberlo siquiera— mi hora aún no había llegado.

 

Solo en el cuarto, esperé el amanecer con una sonrisa.

Tenía la oportunidad de creer de nuevo en mí.

 

Autor:

Vientoazul 🦋⃟

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