Parece que las notas, en su asedio obstinado,
hincan su diente sobre el blanco marco...
Y ahí está el violín,
ese trozo de madera que se deja querer,
que se entrega al arco como una mujer que se abandona,
con un fervor desesperado, casi animal.
Dicen que las notas danzan, pero yo creo que muerden.
Están enamoradas de la madera,
se le meten por las vetas, la recorren, la fatigan,
como el mar que llega a la orilla no a acariciar,
sino a lamerse las heridas frente a nosotros.
Es un atardecer que bosteza, sí,
un atardecer cansado, con olor a puerto y a olvido.
El mar está ahí, quieto,
mientras mi alma —esta tonta que no aprende—
se queda mirando cómo su propio latido
va a estrellarse contra los muelle,
a quedarse ahí, tirado, como un trasto viejo.
Y en ese horizonte que se quema,
donde el sol se muere porque no le queda de otra,
hay algo que sobrevive,
un sentimiento que no sabe irse,
un corazón que está ahí, a la intemperie,
desangrándose de puro amor,
soltando la vida a chorros,
mansamente,
como si no le importara nada.
m.c.d.r