Efrain Eduardo Cajar González

La Zorra, el León y el Espejo del Río

I
En un valle escondido entre montes de bruma
reinaba un viejo león de melena dorada;
su fuerza era memoria de glorias antiguas,
su voz todavía imponía respeto en la manada.
Mas ya no cazaba como en tiempos remotos,
ni su salto era trueno ni su garra relámpago;
gobernaba por hábito, no ya por coraje,
y el bosque empezaba a murmurar en silencio.

II
Una zorra astuta, de cola encendida,
observaba en la sombra la lenta decadencia;
medía los pasos del rey con mirada precisa
y olfateaba en el aire el perfume de ausencia.
—El trono no es eterno —pensaba en secreto—,
—la selva respeta sólo al que aún puede morder—;
y mientras el león dormía en la colina,
ella tejía palabras más filosas que dientes.

III
Convocó a los ciervos, llamó a los conejos,
susurró a los lobos promesas de cambio;
—El rey ya no ruge, sólo repite su nombre,
la selva merece un gobierno más sabio.
No es justo que mande quien perdió su destreza,
ni que reine la sombra de un pasado glorioso;
si el río se estanca, se pudre en silencio,
y lo mismo sucede con reinos y bosques.

IV
Las bestias dudaban, mas la duda germina
cuando el miedo se mezcla con la ambición;
el búho guardaba prudente distancia,
la tortuga callaba con sabia razón.
Pero el murmullo crece como fuego en hojarasca,
y pronto el valle entero vibró con sospechas;
el león despertó con rumor de traiciones
que subían del río como vapor espeso.

V
—¿Quién osa cuestionar mi derecho antiguo?
—rugió desde el risco mirando al poblado—.
La zorra avanzó con sonrisa serena:
—No es ofensa, señor, es clamor razonado.
La fuerza es del joven, la astucia del tiempo,
y el bosque no vive de glorias pasadas;
si deseas probar que tu reino es legítimo,
mírate en el río cuando el sol esté alto.

VI
El león, ofendido, bajó hacia las aguas,
seguido en silencio por toda la selva;
el sol del mediodía caía sin sombras
y el río era espejo de plata severa.
Miró su reflejo y vio la melena cansada,
los colmillos gastados, la piel ya sin brillo;
no era el rey temido de antaño glorioso,
sino un viejo recuerdo flotando en el agua.

VII
La zorra susurró con dulzura calculada:
—No es culpa del tiempo que el trono envejezca;
la selva no busca humillar tu memoria,
pero exige un pulso que aún pueda defenderla.
Entrega la corona con gesto magnánimo,
y serás recordado con honra sincera;
resiste y el bosque te juzgará débil,
y el respeto se tornará mofa y sentencia.

VIII
El león comprendió la verdad del reflejo,
mas también vio en los ojos de la zorra un destello;
no era justicia pura lo que allí se agitaba,
sino hambre de mando disfrazada de celo.
—Si cedo por miedo, cedo ante engaño;
si lucho por orgullo, arrastro la ruina—;
y mientras dudaba, el murmullo crecía
como enjambre de abejas buscando su reina.

IX
El búho descendió desde rama elevada
y habló con voz grave que corta el engaño:
—No todo relevo es virtud necesaria,
ni todo consejo nace limpio y honrado.
La astucia sin ética es máscara hueca,
la fuerza sin juicio es tiranía ciega;
que gobierne quien pueda, pero que gobierne
no por hambre de trono sino por justicia.

X
La selva guardó un silencio espeso,
como si el viento contuviera su aliento;
la zorra bajó la mirada un instante,
el león levantó con esfuerzo su cuello.
—Gobernaré aún —dijo— si el bosque lo quiere,
mas no por costumbre ni viejo derecho;
si otro demuestra ser más digno y valiente,
cederé sin vergüenza el peso del cetro.

XI
Pasaron las lunas y el valle aprendió
que no basta el rumor para fundar destino;
la zorra perdió fuerza cuando el bosque entendió
que su ambición vestía discurso fino.
El león gobernó con prudencia tardía,
apoyado en consejo y mirada compartida;
la selva creció más unida que antes,
y el río guardó su espejo tranquilo.

XII
Moraleja del valle que escucha quien quiera:
ni la fuerza envejece si aprende a escuchar,
ni la astucia merece corona ligera
si nace del deseo secreto de mandar.
No todo cambio es justo por ser diferente,
ni todo reinado es sabio por durar;
la virtud del gobierno, en selva o en gente,
es servir al conjunto y no sólo reinar.