IAEM

LA VOZ DEL ÓLEO

El óleo me llama, me dice: «Camarada, hace rato te espero; ¿cuándo será que retratarás a tu abuelo?». Respondí: «Cállese, ladronzuelo. ¿Acaso quiere que dibuje a un marinero para que lo lleve lejos en un barco pesquero?». No sé cuándo será ese día, pero lo tengo presente; puede que comience esta misma noche o, quizás, en luna menguante. Ya falta poco; espera un poco, hermano. He comprado reserva de aquellos tubos, no tengo quejas; puedo pintar y sobra para colorear una teja.

El arte me persigue, ríe, cree que para mí es un chiste; lo tomo personal, como ave que no come alpiste. Tengo técnica, tengo materiales; tengo las pulsaciones, mis puntos cardinales.

Ahora sé que las paredes tienen oídos por los cuadros que transmiten su contenido. Vale la pena oír el roce del pincel contra la tela, el ritual del pigmento y la linaza; mi ejercicio de identidad lo sabrá hasta la NASA. A los treinta, mi primera obra: ¡Eureka! Cada retrato es, en el fondo, un autorretrato de mi «yo» cuando paso un buen rato

.