Hay un murmullo en los pasillos vacíos,
un roce en el aire entre una boca callada y una cabeza pensadora.
Las palabras que nunca salieron
se amontonan en los rincones,
y se vuelven polvo en mi garganta.
El “te extraño” que nunca envié,
el “quédate” que ahogue en la despedida,
el “lo siento” atrapado por mi orgullo,
todos viven aquí,
suspendidos en el eco de lo que algún día pudieron ser.
A veces, en la noche,
cuando la ciudad se queda en silencio,
Los oigo susurrar,
golpeando las paredes de mi mente
como prisioneros que buscan salida.
Pero el tiempo es un pozo sin fondo,
y las palabras no dichas
siguen cayendo,
y siguen cayendo,
sin llegar nunca al suelo.