Nelaery

Peripecias del hada Titania XXIX

El origen de la Varita Mágica

 

La nave hendía las aguas del Océano de las Intenciones, un dominio donde flotan los pensamientos y voluntades que aún no han hallado voz. El grupo avanzaba con una urgencia preocupante: sabían que la Afonía Final planeaba asolar este territorio para erradicar toda chispa de vida intelectual.

La revelación en el Desfiladero de los Fonemas había transformado el aire que se respiraba a bordo, más pleno, cargado de oxígeno e importantes significados latentes que aguardaban ser nombrados. Mientras la nave ascendía con elegancia dejando atrás las escarpadas paredes de piedra sonora del desfiladero, Kelbuk, el bibliotecario, permanecía encorvado sobre el Libro de las Edades, cuya superficie emanaba un discreto fulgor dorado. El silencio en cubierta solo era interrumpido por el pasar de las hojas.

Titania se acercó al bibliotecario, quien acariciaba con sus dedos amarillentos y nudosos una ilustración que acababa de materializarse en una de las páginas del libro. Era el dibujo de una rama truncada, envuelta en una aureola de fulgor plateado.

—Titania, acércate —pidió Kelbuk sin levantar la vista, con una voz grave que parecía emerger del fondo de los tiempos—. Siempre te preguntaste por qué tu varita está incompleta, por qué manejas solo un fragmento de su creación.

El hada extrajo la ramita de un bolsillo de su cinto. Era una madera antigua, pulida por los siglos, pero su extremo superior lucía una muesca demasiado perfecta, un corte limpio que ninguna fuerza natural habría podido ejecutar.

—El Libro dice que tu varita no fue tallada por mano alguna —reveló el anciano, señalando un pasaje en una lengua muy antigua, compuesta por grafos espirales y puntos—. Fue el Primer Brote del Diapasón. En la Edad en que el mundo era solo un bostezo de silencio, el Diapasón vibró con tal intensidad que desprendió una astilla de cristal solar que luego se fundió con la madera del Árbol de la Memoria. Pero el equilibrio, Titania, siempre exige un sacrificio.

Kelbuk señaló un párrafo concreto, y tradujo con solemnidad:

—\"Para que la Magia sea libre, la herramienta debe permanecer íntegra; solo así podrá desplegar todo su poder: nombrar, crear y conservar la pureza del saber\".

—Tu media varita es el Cincel de la Palabra —continuó Kelbuk, mirándola a los ojos—. La otra mitad es el Cáliz de la Sabiduría. Solo cuando ambas partes se reúnan toda la magia volverá a manifestarse en su plenitud. Pero ten cautela: quien posea la otra mitad tiene el poder de borrar lo que tú nombres. Debes encontrar la otra mitad para que su fuerza actúe de forma completa.

—Pero... ¿dónde hallarla? —preguntó Titania—. Se partió durante mi contienda con la Reina de las Nieves. Recuerdo haber chocado contra un roble y verla quebrarse.

—¿Junto a un roble, dices? —preguntó el leñador pensativo. ¡hummm! ¿Puedo ver la imagen de la varita original?

— ¡Por supuesto! — respondió Kelbuk esperanzado mostrándole la imagen— Mira.

Al observar el dibujo que Kelbuk le mostraba, el Leñador exclamó con alegría:

—¡Es de una belleza asombrosa! Ahora comprendo todo su valor. La parte faltante no está perdida. La encontré bajo un roble el día después de conocerte, Titania. Me pareció un objeto extraño y lo guardé en mi cabaña.

— Entonces… ¡he estado junto a ella todos los días sin haberme enterado!! ¡Podría haber solucionado tantas cosas! _ exclamó apesadumbrada el hada.

—Era necesario que llegaras al conocimiento sin apoyarte en el poder de la varita. La vida nos enseña con la experiencia de los hechos cotidianos que tenemos que usar nuestra inteligencia y respeto en el trato con todos los demás seres.  Estos valores están dentro de nosotros y debemos dejarlos salir para lograr una buena convivencia _ explicó el bibliotecario reflexivamente.

Titania apretó el mango de madera. Lejos de sentir temor, una claridad mística la invadió, reforzando su disposición a mejorar todo aquellos que estuviera en sus manos, y en su varita.

El Bajel Celeste viró hacia el Oeste, surcando las corrientes de verde ozono que marcaban el camino de retorno. Pronto, la esplendorosa silueta de la Gran Caracola-Biblioteca apareció en el horizonte. Sus muros de madreperla irradiaban un lustre albo, y de sus portillos surgía un vapor azulado que purificaba el aire de parásitos del olvido.

Al atracar en el puerto de nácar, una multitud de pequeños seres de coral y escribas de piel multicolor recibieron con vítores a su mentor.

Kelbuk descendió por la pasarela con una dignidad recobrada. Se detuvo antes de pisar el muelle de su hogar y se giró hacia la tripulación.

—Habéis salvado más que una colección de pergaminos —dijo, haciendo una profunda reverencia—. Habéis devuelto la voz a los que habían sido condenados al ostracismo del silencio.

El bibliotecario entregó a Titania un pequeño estuche hecho con antiguas algas secas que contenía un pequeño diamante rosa y una semilla que emitía un delicado resplandor.

—Es una Llave de Lenguas. Si el Vacío intenta confundir vuestros sentidos en el Océano de las Intenciones, este diamante filtrará la verdad de la mentira. Y la semilla... déjala que encuentre su lugar en el Bosque Nevado.

—Gracias, Kelbuk —respondió Titania, guardando los objetos en su vestido y sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros—. Tu sabiduría es el mapa más valioso que llevamos.

El Leñador soltó las amarras y el Águila Irisada lanzó un silbo de despedida que resonó en todas las galerías de la caracola.

El Bajel Celeste dejó atrás la seguridad de la Caracola-Biblioteca y se adentró en una zona donde el horizonte se curvaba de forma insólita. Una región donde el agua era puramente emocional. Estaban entrando en el Océano de las Intenciones.

Fue el Águila Irisada quien lo divisó primero. Entre la bruma de pensamientos no nacidos, emergió una silueta espectral. Una extraña embarcación de contornos difuminados, hecha de jirones de niebla y filamentos plateados, cuyas velas habían sido tejidas con antiquísimas hebras del más refinado algodón.

—Es el Nauta de los Olvidos —informó Ako—. Transporta los pensamientos que fueron interrumpidos antes de ser pronunciados: el poema que un amante no se atrevió a declamar, la idea valiosa que un inventor olvidó al despertar, el perdón que llegó un segundo tarde, y otros no menos valiosos y sorprendentes.

El barco fantasma navegaba sin rumbo, emitiendo un farfullo de incontables sílabas sobrepuestas incapaces de lograr formar una sola palabra inteligible.

—Están atrapados en un bucle de afonía —observó Akelia, sus ojos mágicos detectando unas redes de olvido que asfixiaban a la nave fantasma—. Si no actuamos, esos pensamientos se ahogarán en la Afonía Final.

Titania sintió una opresión en el pecho. Al acercarse, la Llave de Lenguas que Kelbuk le había regalado empezó a activarse emitiendo una luz violeta. Saltó a la cubierta del Nauta sin que sus pies hicieran ruido alguno. El suelo estaba acolchado con diminutas esferas de luz tenue que rodaban como perlas: eran los pensamientos. Cada uno contenía una imagen parpadeante de una idea huérfana de dueño.

—Leñador, Akelia, conmigo. No uséis la fuerza, usad el corazón —ordenó Titania.

Finalmente, Titania usó el diamante rosa como lente sobre su media varita, proyectando un rayo que impulsó los pensamientos de regreso a sus dueños a través del tiempo. Vieron un \"te quiero\" viajar hacia una amada y la solución a una ecuación volar hacia un sabio científico.

A medida que los pensamientos eran restituidos, el barco fantasma comenzó a ganar flotabilidad y solidez, recuperando la blancura de su maderamen. En el centro de la cubierta, apareció una figura que hasta entonces había sido invisible: el Timonel del Olvido, un espíritu que ahora recuperaba su imagen real.

—Gracias, Hada de la Arborigenia —dijo el Timonel con una voz que sonaba a campanas de victoria—. Durante eones, este peso me impedía ver las estrellas. Al devolver los pensamientos, habéis aligerado mi carga y devuelto el propósito a mi viajé.

Como muestra de gratitud, el Timonel entregó a Titania una Brújula de Intuición, un extraño instrumento de forma triangular que no marcaba el norte, sino la dirección de aquello que el corazón del viajero más anhelaba encontrar.

Era el momento de regresar al hogar, al Bosque Nevado.

                           

  *Autores: Nelaery & Salva Carrion.