Cuando ya no esperas la llamada de nadie, porque la ausencia de compañía no te quiebra.
Cuando has hecho de la soledad no un refugio, sino una virtud, y aprendes a habitarla sin resentimiento.
Cuando no buscas a nadie, porque comprendes que no se trata de encontrar, sino de estar entero.
Cuando la emancipación emocional deja de ser una meta que persigues y se convierte en un estado que encarnas.
Cuando te alzas sobre ti mismo y transformas la melancolía en una forma de lucidez, en un don que otros tal vez no vean.
Es ahí, en el dolor que no destruye sino enseña, donde comienza la verdadera transformación.
Cuando además sabes que quizá a nadie le importe lo que escribes, y aun así escribes.
Porque entiendes que el valor no depende del eco, sino del sonido.
Entonces, has subido un escalón real en tu propia evolución.
Porque quien vive para ser, libre del juicio ajeno y fiel a su experiencia, alcanza una presencia más honda:
ser el mismo en la quietud de su propia compañía, como en el ruido del mundo compartido.
Ahí reside el arte: hacer de la experiencia, conciencia, y del dolor,
crecimiento...
en el arte de la transformación.