Me has dejado los huesos llenos de ecos,
como si tu voz fuera el único sonido que atraviesa la tormenta.
Y te quiero así, empapada y eterna:
con tus manos de gente y tu boca de fruta silvestre.
Tu labios son un arco curvo de astros, una trampa tibia,
el refugio donde se esconden los pájaros cuando el cielo se cae a pedazos,
y el único lugar donde todavía brilla el sol.
Bailamos descalzos, donde el muelle se rinde ante el cielo,
y el aire se vuelve pesado con el aroma de la lluvia y la sal.
Mírame cariño, que yo no solo te hablo:
te sangro en oleajes y te florezco en el aguacero.
Como los amantes a los que el cuerpo les queda estrecho,
mientras el alma se nos despeña por los ojos
y nos quedamos aquí, tirados como dos trapos limpios,
vaciándonos el uno en el otro hasta que no queda nada.
Porque amarte es este oficio de morirse a pausas,
un hambre de morderte la sombra y de encontrarte el tuétano.
No me digas nada. Déjame que te siga doliendo,
que para eso nos inventamos este fuego:
para quemar el tiempo y que solo nos quede, al final,
esta humilde y furiosa manera de estar vivos.
— m.c.d.r