R.

Los amantes

Qué saben los amantes

de la calma.

Ellos juegan a esconderse

como si el amor fuese un delito leve

o una llama que debe arder

sin que el viento la delate.

Se preguntan en susurros

si es amor sincero

o la obsesión de hallar

lo que no se estila,

lo que no se nombra en voz alta,

lo que no cabe en moldes ajenos.

Para los amantes todo es distinto,

o al menos así lo creen.

Rompen patrones,

evitan comparaciones,

huyen de ese juego lúgubre

donde el pasado siempre compite

con la piel presente.

Se convencen

de haber descubierto lo inédito,

una textura jamás tocada,

una suavidad que su tacto

no sabía que existía.

Como si el mundo empezara

justo en ese roce.

Pero aun así,

los amantes se esconden del sol,

de los ojos prejuiciosos,

de las bocas que dictan sentencia

sin haber sentido el temblor.

Se curten en silencio,

entre sombras cómplices,

dejando un corazón dudoso

y otro preguntándose,

con miedo y esperanza,

si esta vez

será el elegido.