Los tambores de mi corazón
volvieron a sonar.
No fuerte.
No eternos.
Solo lo suficiente
para recordarme
que siguen ahí.
Creí que el silencio
era definitivo.
Pero apareciste —
con esa sonrisa intacta,
como si el mundo
no hubiera intentado romperte —
y algo dentro
dejó de estar en ruinas.
No fue un milagro.
No fue el cielo abriéndose.
Fue más simple:
verte bien
me devolvió el pulso.
Y entendí
que si esto es la vida a tu lado,
no necesito promesas de eternidad.
Me basta con que lata.