Encontrarte en un Olimpo, de barro y gloria
con tus olas desnudas, golpeándome el pecho
inmersa en ese abismo, que cargas con tus celos
con la mirada perdida en la lejanía,
mientras tus dedos dibujan un silencio de piedra
sobre el horizonte azul, que no se acaba.
Es marchitar mi amor.
No te ofusques, porque,
Te siento metida en mis dedos,
cuando aspiro el humo espeso de tu aliento,
ese aire que huele a amor y ganas de vivir.
Y bebo de un sorbo el cáliz de tu cuerpo,
ese pozo secreto donde se revuelcan
el deseo y la ternura.
¿Sabes, pedazo de vida?
Ando mendigando el beso bruto de tu boca,
ese que sabe a mamei y zapote maduro,
para ver si me pierdo de una vez en tus grietas;
porque en tu cuerpo el ayer y el hoy
son una misma llaga abierta que no cierra,
un presente maldito y dulce,
sin orillas donde descansar.
Y esa risa tuya... esa risa no es luz,
es un relámpago de azufre
en mi noche sin rumbo,
un incendio que me avisa,
entre los matorrales,
que todavía estoy vivo
para seguir sufriendo tu ausencia.
Y en ese instante suspendido,
donde el mar respira tu nombre,
comprendo que amarte
es escuchar la eternidad
hablando en voz baja.