El cielo es una placa de cobalto, plana y sin adjetivos.
No hay Dios tras ese azul, solo una física impecable
que ignora si debajo respira un hombre o una piedra.
La muerte es simplemente un cambio de volumen,
un objeto que deja de ocupar su coordenada en el espacio.
La aritmética del desdén:
Observo con ironía la precisión del mundo
Las manecillas del reloj no tartamudearon al detenerme.
El horizonte sigue siendo una línea recta, indiferente a mi caída.
La luz rebota en mi ventana con la misma crueldad geométrica
que si iluminara un mercado de carnes o un altar de mármol.
Qué pretencioso es creer que el silencio es una herida.
El silencio es el estado natural del universo,
nosotros somos solo el ruido que, por un instante,
intentó desafiar la simetría del vacío.
La naturaleza de lo inútil:
Mañana, la marea lamerá la costa con su lengua de sal,
borrando mis pasos con una eficiencia técnica, no moral.
Las plantas crecerán en mis zapatos olvidados,
no por piedad, sino por la ciega insistencia de la biología
que no distingue entre un cadáver y el abono.
Es un alivio ser, por fin, una cifra resuelta.
La vida fue un teorema mal planteado que hoy se tacha.
El mundo continúa su rotación mecánica,
brillante, exacto y profundamente vacío de nosotros,
bajo el sol que sigue quemando la arena
con la misma y absoluta falta de propósito.