Sanar no es un acto heroico.
Es despertarse cada día
con el mismo vacío sentado al borde de la cama.
Es abrir los ojos
y recordar, antes que el aire,
que ya no estás.
Dicen que el tiempo cura,
pero el tiempo solo enseña a disimular la herida.
La cicatriz sigue ahí,
ardiendo cuando llueve,
cuando escucho tu nombre por accidente,
cuando la noche se queda demasiado tiempo conmigo.
Amé de verdad.
No a medias,
no por costumbre,
no por miedo a la soledad.
Amé con esa fe ingenua
de quien cree que el amor basta.
Y ahora entiendo
que amar no siempre salva,
a veces solo deja ruinas.
Por eso no puedo entrar en otra relación.
No sería justo.
Mi corazón todavía tiene tu forma,
y nadie merece vivir
comparándose con un fantasma.
No quiero tomar otra mano
mientras la mía aún tiembla por la que perdí.
No quiero prometer algo
cuando por dentro sigo roto.
Sería egoísta intentar amar
solo para no estar solo.
Porque la soledad, al menos, es honesta.
No exige sonrisas falsas
ni palabras que no siento.
Y aunque suene amargo,
creo que no volveré a amar.
No porque no quiera,
sino porque algo en mí se agotó.
Hay personas que nacen para ser felices en pareja,
para encontrar su historia y sostenerla.
Y hay otras —como yo—
que aprenden que su papel fue breve,
intenso,
y final.
He llegado a pensar
que esta es la voluntad de Dios.
No como castigo,
sino como destino silencioso.
Tal vez no todos fuimos hechos
para compartir la vida,
tal vez algunos debemos aprender
a caminarla solos.
Y si esa es la decisión del cielo,
la aceptaré.
No con alegría,
pero sí con resignación.
No discutiré lo que no puedo cambiar.
No mendigaré un amor que no regresa.
Sanar, entonces,
no será olvidar.
Será vivir con la ausencia
sin que me destruya del todo.
Será aprender a respirar
aunque el pecho pese.
Será aceptar que no siempre se gana
lo que más se ama.
Y si mi destino es estar solo,
que así sea.
No dejaré de sentir,
pero dejaré de esperar.
Porque a veces la paz
no es ser feliz,
sino dejar de luchar
contra lo que ya está escrito.