A veces las historias no terminan:
simplemente nunca comienzan.
Quedan suspendidas en una conversación pendiente,
en una promesa que nadie hizo
pero alguien decidió creer.
No hay despedida para lo que no ocurrió,
solo un silencio largo
que con el tiempo aprende a significar.
Durante días, meses o años,
se interpretan pausas como señales,
miradas como certezas,
y la posibilidad como si fuera un recuerdo.
El tiempo avanza,
pero hay personas que permanecen en el mismo instante:
ese donde todo estaba por pasar.
Nadie explica que también existe el duelo de lo imaginado,
que se puede extrañar algo inexistente
con la misma intensidad que un pasado real.
Hasta que un día se comprende
que no se estaba esperando a alguien,
sino a una versión de la vida
en la que coincidían los deseos.
Entonces no se pierde a una persona,
se abandona una idea.
Y aun así,
duele.