Su corazón se detuvo.
Entre los dedos del viento
flota desnudo su aliento,
y el espíritu que tuvo
dentro de su pecho ardiente
se entrelaza con el mustio
polvo de la sementera.
La luna entreteje el nombre
gigantesco de la muerte
y Dios observa impotente
el final fútil de su obra.
La sangre y la tierra funden,
entre diluvio y dolor,
abono de vida nueva,
que ingrata germinará
sin idea de su fuente.
Su corazón ya no late;
y la carne de su carne,
y los huesos de sus huesos,
claman al cielo de plata
angustiados por el alma
que algún día vivió en ellos.