Luis Barreda Morán

El día de los muertos

El día de los muertos

Hoy el viento tiene sabor a pan y a copal,
las calles se visten de cempasúchil solar,
y un puente de luz, tejido por la memoria,
une tu orilla con mi mundo terrenal.

No es un día de lágrimas, aunque te extraño tanto,
es una fiesta, un reencuentro, un milagroso encanto.
Las ofrendas esperan con su cortejo de colores:
el papel picado que danza, contando tus virtudes,
el agua que calma la sed del largo camino,
la sal que purifica, el pan, dulce destino,
y esa foto tuya, con la sonrisa de antaño,
que me devuelve, intacto, el amor de todo un año.

Huele a coco y a naranja, a caña y a alegría;
las velas encienden la noche, guiando tu energía.
Pongo tu platillo favorito, el que te hacía suspirar,
ese mole de ollas que aprendiste a cocinar.
Y las calaveritas de azúcar, con tu nombre grabado,
un dulce recordatorio de que siempre has estado,
de alguna forma etérea, tejida en mi presente,
un hilo de luz tenue, pero eternamente.

Escucho, en el silencio, el murmullo de tu voz,
el eco de un consejo, el calor que me das tú.
No estás aquí en cuerpo, pero siento tu mirada,
posándose en la ofrenda, en la flor anaranjada.
Es un día de ruido, de música y de tambor,
de sonajas que llaman, de un místico fulgor.
Las catrinas elegantes, con sus sombreros de pluma,
nos recuerdan, riendo, que la vida es sólo espuma,
y que la muerte es parte de esta danza eterna,
una puerta que se abre, una luz que nos gobierna.

En el panteón, las tumbas son un mar de luz y flor;
familias enteras velan con cantos y con amor.
Mariachi para el abuelo, que en vida fue valiente,
huapangos y sones para alegrar al que está ausente.
Entre cruces y epitafios, hay risas y hay tequila:
la muerte pierde el filo, su guadaña se afila
sólo para segar el miedo, y dejar paso al recuerdo,
a la plática tendida, al reencuentro que no pierdo.

Y en el barrio, los altares compiten en primor;
tapetes de aserrín, un efímero esplendor,
figuras de colores que el viento borrará,
pero que en su belleza, la fe perpetuará.
Vemos \"La Llorona\" en las calles, con su lamento vano,
buscando entre los vivos lo que perdió su mano.
Y pensamos que el lamento, a veces, es vanidad,
pues los que se han ido viven en la comunidad.

Porque hoy tú no te has ido, has vuelto para estar
en cada memoria que te digna celebrar.
Bailamos con la muerte, le tomamos la mano,
le vemos el rostro, la sentimos, ¡y no es en vano!
Es aceptar el ciclo, el eterno retornar,
que la vida es un suspiro, y hay que saberla honrar.

Al filo de la media noche, cuando el silencio crece
y el licor en los vasos de a poco se entristece,
sé que emprenderás el viaje de regreso a tu morada,
llevándote el aroma de la flor, de la velada.
Te llevas el cariño, el mezcal, el pan de muerto,
la certeza de que el vínculo ni el tiempo lo ha desierto.
Mañana las flores se marchitan, el papel se irá rompiendo,
pero tú, en mi corazón, seguirás viviendo.

Así es el Día de Muertos, lección de eternidad,
donde el que muere vive en la comunidad.
Donde el dolor se trueca en fiesta y en color,
y la muerte, al final, se vence con amor.
Hasta el año próximo, si Dios y el destino quieren,
que las flores de cempasúchil de nuevo nos ofrezcan
este puente de luz, este lazo sin final,
donde la muerte es sólo un telón provisional.
Descansa en paz, te digo, mientras la aurora llega,
y en mi corazón, tu recuerdo, como una llama, se anega.

—Luis Barreda/LAB
Montrose, California, EUA 
Noviembre, 2022.