EN EL MISMO ANDÉN (Poema del 2015)
Si he de mirarte con el rabillo del ojo,
leerte entre secretos contenidos;
si he de padecer en la penumbra de mi sigilo
y auspiciar mis recelos entre suspiros,
dime: ¿acaso la lejanía nos vuelve temerosos
de dar el paso a plena luz del mediodía?
Porque te presiento
antes de que llegues:
en el temblor del aire,
en la insistencia leve de los pasos ajenos
que no son los tuyos.
Y me descubro ensayando tu nombre
en la humedad callada de la boca,
como quien prueba una llave
en la cerradura equivocada del destino.
No sería la primera vez.
¿Recuerdas?
Aquel día el andén estaba casi vacío
y el sol caía de frente,
como una verdad sin sombra.
Te vi avanzar —
tan cerca ya del gesto irrevocable—
que mi mano aprendió de pronto
la forma exacta de la tuya en el aire.
Pero algo en ti titubeó:
una antigua obediencia,
un hilo de temor cosido a la costumbre.
Bajaste los ojos.
El mundo volvió a su ruido.
Y el tren —siempre puntual en lo ajeno—
se llevó tu silueta
sin haberme tocado.
Desde entonces
la distancia tiene memoria.
También yo, no creas,
he vestido prudencias:
me até la voz al bolsillo,
miré partir trenes que no eran el nuestro.
Pero hoy
la espera tiene otro pulso.
Y si esta vez
el andén fuera solo nuestro,
sin el tren que acecha,
sin la costumbre que nos mira —
¿te atreverías
a llegar sin excusa,
sin el abrigo de la duda?
No habrá testigos,
salvo la claridad desnuda del día
y este amor
que insiste
en el andén de siempre.