Fui niño con la palma abierta
mucho antes de saber escribir mi nombre.
La esquina fue mi escuela
y el frío, mi primer maestro.
Aprendí a pedir limosna
como otros aprenden a rezar:
con disciplina,
con necesidad,
con la esperanza puesta en una moneda.
No bastaba con tener hambre.
Había que demostrarla.
Hacerla visible.
Hacerla creíble.
Me enseñaron el arte del engaño
como si fuera una herramienta más de abrigo.
“La verdad sola no alcanza”, decían,
“hay que empujarla un poco”.
Y yo empujaba.
Dejaba que la voz se quebrara justo a tiempo,
que la historia tuviera el detalle exacto,
que los ojos brillaran lo suficiente
para tocar la culpa ajena.
No mentía del todo.
Pero tampoco decía todo.
Aprendí a moldear la miseria
hasta volverla rentable.
Cada moneda era pan.
Cada gesto, una estrategia.
Cada mirada esquiva, una lección.
Crecí sabiendo que el mundo escucha más
cuando el dolor se dramatiza.
Y aunque algo dentro mío se encogía,
seguía practicando.
Porque el hambre no espera purezas.
Con los años comprendí
que aquel entrenamiento me había dado algo más
que astucia para sobrevivir:
me dio una radiografía del corazón humano.
Supe quién da por compasión,
quién da por culpa,
y quién no da aunque le sobre.
Fui alumno del engaño,
sí.
Pero también testigo del vacío.
Y un día, cuando ya no necesité fingir,
descubrí que la lección más difícil
no era convencer…
sino ser verdadero
sin que nadie me pagara por ello.