Aquellos pasos silenciosos en la calle oscura, su pelo largo al viento, castaño claro como el día, y acaso el perfume de su aliento en el aire del atardecer, fueron las últimas cosas que recuerdo haber sentido de ella.
Se marchaba para siempre. Y yo lo sabía a ciencia cierta. Pero nada podía hacer.
Nuestros mundos eran polares como la noche y el día.
A pesar de tantos abrazos y tantas complicidades, la realidad, tozuda como un niño enrabietado, acabó imponiéndose al hilo transparente de esperanza que alguna vez nos unió…