JUSTO ALDÚ

Red — La sociedad hiperconectada

La ciudad ya no duerme en las ventanas:

late en los bolsillos.

Un enjambre invisible zumba

sobre la piel iluminada por pantallas,

como si cada rostro llevara

una luna portátil

donde consultar su propio reflejo.

 

Nos tocamos sin tocarnos.

Un pulgar atraviesa continentes,

deja su huella de luz

en la frente virtual de otro cuerpo remoto,

y creemos haber llegado.

Pero la habitación sigue intacta,

respirando un silencio doméstico

que ninguna notificación traduce.

 

La cercanía digital

es un puente de neón sobre un abismo tibio:

las voces cruzan, los latidos no.

Allí desfilan las palabras,

vestidas con filtros,

ungidas por la prisa,

multiplicadas como peces en un milagro sin pan,

mientras el alma —náufraga sin algoritmo—

golpea suavemente el vidrio del pecho.

 

En la plaza infinita de la red

las multitudes no caminan: fluctúan.

Un millón de bocas sin rostro

opina como un viento circular,

levanta polvo de certezas,

derrumba estatuas de un día,

consagra ídolos que amanecen ceniza.

Cada juicio es una chispa,

cada chispa un incendio momentáneo,

y al final sólo queda el humo

escribiendo su caligrafía efímera en el aire.

 

La verdad, mientras tanto,

se diluye como tinta en el agua del instante.

Alguien la pronuncia,

otro la edita,

mil la comparten

hasta volverla un espejo astillado

donde cada fragmento reclama ser el todo.

Así se nos vuelve líquida la certeza,

así navegamos

en este océano de versiones superpuestas,

con brújulas que señalan

no al norte,

sino al ruido.

 

Y, sin embargo,

persistimos.

Encendemos otra vez la pequeña aurora del dispositivo,

como quien enciende una vela

para no sentirse solo en la catedral del insomnio.

Buscamos un nombre conocido,

una sílaba amiga,

un latido que responda desde la otra orilla,

porque incluso en esta red de luz incesante

seguimos siendo criaturas antiguas

que escuchan, temblorosas,

si alguien responde al llamado.

 

La red nos sostiene

y nos dispersa.

Nos nombra

y nos borra.

Nos junta en cifras innumerables

mientras cada corazón, en secreto,

aprende de nuevo

la difícil liturgia

de estar solo

frente a la pantalla

y frente a nosotros mismos.

 

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