I
No nací árbol:
fui apenas una conjetura de savia,
un ademán verde
ensayando su verticalidad.
Ignoraba la gravitación del tiempo,
su metódica aritmética de pérdidas;
creía que el mundo era un aplauso perpetuo
y no este taller de intemperies sucesivas.
II
Madurar no fue ascender,
sino depurar el exceso.
Desalojar la euforia superflua,
limar la arista del orgullo.
Hubo que someter el ímpetu
a una disciplina casi monástica;
transmutar el arrebato
en una ética más sobria y plástica.
Comprendí —con cierta reticencia—
que toda efervescencia es transitoria,
que la vida no es pura vehemencia
sino una lenta, rigurosa memoria.
III
La erosión, docta y parsimoniosa,
ejerció su cátedra mineral;
cada fisura fue una glosa
al margen de lo esencial.
Caí sin estrépito heroico,
sin tragedia digna de crónica;
solo el silencio, estoico,
y una lucidez lacónica.
Porque madurar es desmantelar la ficción
del yo magnánimo y absoluto,
escribir con pulso y precisión
sobre el mármol de lo irrefutable y bruto.
IV
Renuncié al oropel de la inmediatez,
a la pueril voracidad del triunfo;
preferí la mesura, su nitidez,
al ruido estéril del conjunto.
Hay una alquimia austera en la demora,
una sabiduría en la espera severa:
la fruta que demasiado se apresura
se agrieta antes de ser entera.
Así aprendí a gravitar en mi centro,
a no pedir constelaciones prestadas;
a sostener, sin teatro ni estruendo,
las noches más deshabitadas.
V
Hoy no soy invulnerable,
solo más consciente de la herida;
no soy inmutable,
pero dialogo con la caída.
La raíz, en su sigilo profundo,
ha firmado un pacto con la tierra:
crecer no es dominar el mundo,
sino entender qué lo encierra.
Madurar —lo sé ahora—
es trocar el fuego por brasa constante,
es dejar de ser aurora sonora
para ser luz firme y perseverante.
Y si alguna vez retrocedo a la sombra,
si me despojo y vuelvo a empezar,
recordaré que la forma se nombra
solo después de saberla habitar.