Alberto Escobar

Al traste

 

Toda la leche se derramó, toda, entera, el vaso entero, caliente, hirviendo ya, tus labios casi se queman, el café no llegó a desleírse, las pastas se quedaron esperando otro tren, y toda, toda entera. Tu boca claudicó como enemigo completamente rodeado por el enemigo, barbilla abajo, la camisa nueva hubo que lavarla ipso facto. No sabría decir si la culpa fue tuya o del vaso, hirviendo, pasión creciente que dio al traste con mi muro de contención. Toda. 
Reaccionaste rápida, rauda diría yo, y con la lengua, ni corta ni perezosa, sorbiste los charquitos blancos que se formaron sobre el hule que entonces se usaba (confesaste que te gustó), te relamiste mirándome lasciva y echaste mano de lo que tenías al alcance para hacerme sucumbir, y maniatado, no pude oponer ninguna objeción, me impusiste tu toque de queda, me hundiste en un jergón que ya amenazaba ruina, y, aprovechando mi indefensión, te volcaste encima y me hiciste comulgar con ruedas de molino cuando, hasta ese momento, hasta ahora, no era pasto de feligresía. 
Se derramó, toda, y me costó lo suyo hacerla vertir, hacerla llegar a un punto termodinámico tal, que se fuera de madre con tanta virulencia, potencia, fuerza, pasión, y que toda la energía equivalente a la semántica de estas palabras llene una boca como la tuya me parece, cuando menos, sospechoso. 
Me gustó.