Prometiste que el cielo no se iba a caer,
que si temblaba el mundo tus manos serían suelo,
que si la noche venía con dientes y cuchillos
ibas a quedarte despierto espantando los monstruos.
Prometiste tantas cosas
con la tranquilidad de quien no piensa en el mañana,
como si las palabras no pesaran,
como si decir fuera lo mismo que sostener.
Decías “todo va a estar bien”
con esa voz suave que parecía manta en invierno,
pero las mantas también se deslizan
y el frío siempre encuentra por dónde entrar.
Decías que podía contar contigo
para cada grieta, para cada tormenta,
para los días en que respirar duele
y el silencio pesa más que cualquier ruido.
Pero no estabas.
Ni cuando el reloj se volvió enemigo,
ni cuando la madrugada se hizo interminable,
ni cuando las lágrimas caían sin permiso
como si el cuerpo supiera algo que la mente negaba.
Las promesas quedaron flotando,
globos sin hilo,
frases sin raíz,
ecos que nadie vino a recoger.
Porque prometer es fácil
cuando no se mide el costo de quedarse,
cuando no se imagina el cansancio de sostener a alguien
cuando también uno se está rompiendo.
Tal vez no mentías,
tal vez solo hablabas desde un presente valiente
que no conocía su propio límite.
Pero igual dolió.
Duelen las palabras que no se cumplen
más que las que nunca se dijeron,
porque construyen casas en el pecho
y luego se van dejando las paredes a medio caer.
Yo me quedé viviendo ahí,
entre vigas torcidas y ventanas sin vidrio,
esperando pasos que no regresaron,
escuchando puertas que nunca se abrieron.
No es rabia lo que queda,
es algo más silencioso,
como polvo acumulándose sobre fotografías
de un tiempo que parecía verdadero.
Ahora desconfío de los “siempre”,
de los “nunca te voy a fallar”,
de los “pase lo que pase”.
Porque todo pasa.
La gente pasa.
El cariño cambia de forma
hasta que ya no se parece a lo que fue.
Y las promesas…
las promesas no son puentes,
son dibujos de puentes sobre el agua:
desde lejos parecen sólidos,
de cerca son solo reflejos temblando.
Ojalá hubieras dicho simplemente
“no sé cuánto voy a poder”,
“no sé si sabré quedarme”,
“no sé si soy tan fuerte”.
La verdad duele, sí,
pero no deja fantasmas viviendo en la casa.
Ahora camino con cuidado
sobre cada palabra que escucho,
como si fueran cristales finos
que podrían romperse con el peso de la fe.
Y aun así —qué ironía—
sigo queriendo creer.
Porque una parte de mí
todavía busca una promesa distinta,
una que no suene grande,
ni eterna,
ni perfecta.
Solo una que diga:
“Voy a intentar quedarme.”
Y que, por una vez,
no desaparezca con el viento.
2026 Dani. Todos los derechos reservados.
Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin autorización del autor.
22/02/2026
Dani