La flor dormida
Tenía veintidós años
y una casa creciendo bajo el pecho.
Era mi segunda primavera
y dentro de mí
una niña ensayaba su latido.
En el séptimo mes
ya no era sueño:
era peso dulce,
era diálogo nocturno,
era nombre elegido en secreto.
Había doblado vestidos diminutos
como quien alisa el porvenir.
Había aprendido la forma redonda
de la esperanza.
Pero el veinticinco de julio
se hizo piedra.
El latido —que era campana y certeza—
se volvió agua detenida.
Y mis brazos,
ya preparados para el mundo,
abrazaron un silencio.
Tenía veintidós años
y supe que el amor
no necesita tiempo para ser infinito.
Desde entonces
hay una niña sin cumpleaños
que duerme en la habitación más honda de mi pecho.
Santiago
Un año después,
cuando el calendario volvió
al mismo umbral,
temblé.
El veinticinco de julio
traía memoria en las manos.
Pero esta vez
el aire se abrió.
Un llanto nuevo —firme, terrestre—
rasgó la sombra antigua.
Y me pusieron en los brazos a mi hijo.
—Santiago, hoy es tu día, —le susurré al oído—.
No vino a borrar el recuerdo
ni a ocupar su espacio.
Vino a traer su propia luz.
Y comprendí
que el destino no repite:
responde.
Desde entonces
esa fecha es doble.
Es la niña que partió en silencio
y el niño que llegó diciendo su nombre.
Es ausencia que me enseñó a amar
y presencia que me enseñó a seguir.
Cada veinticinco de julio
enciende dos velas en mi alma:
una por la vida que fue susurro,
otra por la vida que se hizo voz.
Y en mis brazos —ya no tan jóvenes,
pero más sabios—
aprendí a sostenerlos a ambos:
a ella, en la memoria;
a él, en el mundo.