No sé cómo empezó, o más bien sí: mis primeros recuerdos se remontan a una habitación pequeña desde cuyas ventanas unas caras grotescas me observan fijamente con sus cuencas vacías y sonrisa burlona, desde luego sentí pavor, el cual me clavó en la cama y ahogó mi voz, mi voz que desde entonces quedó sepultada en algún punto que sigo sin hallar; luego vino esa sensación extraña, un sentimiento de nostalgia, como si el ambiente fuese el fondo gris donde todos nos movíamos, las voces tenían un timbre que me deprimía sin razón y ni hablar de los sueños que me despertaban en la madrugada con el corazón acelerado y los pulmones oprimidos, como si se hubieran encogido del puro susto, perdí apetito, cosa que no pareció preocupar a mi madre, tal vez pensando que se me quitaría lo melindroso tarde o temprano, cuando me el hambre convenciera de que más valía aprovechar lo disponible.
No tengo un trabajo estable, he probado de todo sin descubrir una vocación o por lo menos una que disfrute, o más bien sí, he descubierto que disfruto imaginar historias, a veces escribirlas pero hasta allí y eso no es suficiente para sostenerse en éste mundo ingrato y cruel; debe ser por eso que ninguno de mis proyectos se consolidó por lo que bien temprano acabé por convencerme de que soy y siempre fui una rama flotando en río revuelto, aventada de lado en el continuo fluir de la vida presente, ni mis estudios básicos ni mi carácter me ayudaron a forjar fortuna, soy simplemente una cifra más de los trabajadores invisibles que sobrevive clasificando metales en una recicladora, de eso me sostengo ya que no tengo familia, o más bien sí pero como si no, ellos (mis familiares de sangre) se han alejado y no los culpo, la casa es tan vieja, deteriorada y oscura como yo, ha albergado tres generaciones de individuos que fueron mezclando sus humores y sus rutinas en rígidos moldes que convirtieron esa casa en algo así como una pecera cuya agua se fue estancando poco a poco restándole oxígeno a sus ocupantes quienes, o se fueron adaptando a ese aire viciado hasta extinguirse o en el mejor de los casos saltaron temiendo una asfixia inminente.
Mis recuerdos son un revoltijo extraño, tan extraño que pienso son más bien fantasías mías producto del aire viciado; recuerdos de lugares ruinosos, decadentes y sombríos por donde deambulaba en solitario o topándome con individuos siniestros, deformes o lunáticos acordes a esos entornos, mis primeras memorias se intercalan entre una vigilia tensa o abiertamente hostil con un sopor lúgubre que me mantenía constantemente alelado, débil e inquieto pues ambos ambientes eran reales y tangibles aun cuando en las fases de sopor mi cuerpo también se viera alterado en cuanto a consistencia y forma; claro que hubo también algunos episodios memorables donde me sentí libre y feliz, donde podía flotar y recorrer a mi gusto paisajes coloridos, criaturas pacíficas y sobre todo luz, ah, bendita luz que penetraba purificando mis pulmones, luz donde mi cuerpo vaporoso flotaba sin sexo ni forma como nube inmaculada, que iluminaba sin arder, sin deslumbrar, sin menguar...
No como ahora, con un sol ardiente que me agobia desde mis épocas estudiantiles, cuando cargaba una voluminosa mochila repleta de libros cuyas líneas trataba de descifrar con tal de poder alejarme de esa casa infestada de invisibles sanguijuelas, ahora no cargo más que mi cuerpo decrépito y no necesito descifrar nada...no hace falta, veo el mismo caos, ¿o será que el caos está en mi cerebro dañado por el ambiente de tres generaciones pervirtiendo sus existencias, intoxicados entre paredes y techos oscuros? pudimos ser...podríamos ser... qué más da, en la línea sucesoria no hay individuos decididos a rehabilitarse, todos somos como esos engendros que me acosan, nos acosan, nos manosean impúdicamente, nos lamen la cara impregnando su fétido aliento mientras ríen estrepitosamente, los veo en las calles que transito desganadamente, puedo reconocerlos a simple vista, se han salido de mi sopor y ahora se mezclan descaradamente como simples mortales. O quizás soy yo quien se va adentrando a su territorio conforme mi ocaso se acerca, en medio de la suciedad y apatía de las calles, no recuerdo tanta suciedad ni tanta apatía, a veces me paro frente a alguna de esas tiendas departamentales que exhiben pantallas gigantes mostrando imágenes de lugares paradisiacos, habitados solo por su fauna silvestre que contrastan groseramente con mi realidad inmediata: caras largas, presurosas, callejones abarrotado de basura pestilente donde sobrevuelan moscas, donde perros y gatos rompen y esparcen en busca de restos que calmen su apetito ¿acaso existen todavía lugares como los que muestran esas inmensas pantallas o son solo obras de ficción? No puedo imaginar, o tal vez sí, a esta ciudad en sus inicios, antes de que nuestra presencia la estropeara, puedo imaginarla sobre un monte alto y también sumergida en un abismo, llena de luz, de armonía y de paz, pero luego algún bocinazo me trae bruscamente de nuevo a la acera estrecha y a la fantasía del televisor en el escaparate.
La ciudad tiene varias caras, como todas las del orbe: la zona residencial que muestra jardines cuidados, aceras más o menos limpias, calles sin baches, fachadas luminosas y del otro lado barrios populares cuyos habitantes lidian por un porvenir mejor o han claudicado en el intento, renunciado apáticamente al desarrollo de su comunidad y ven la decadencia como algo inevitable, rebasados por el bombardeo constante de una política tan corrompida como su vida; y es en mi vigilia donde la suciedad es lo único la que diferencia del sopor, en éste último no la hay, la decadencia, la sordidez, incluso la inmundicia no se acumula, puedo caminar largos tramos bajo árboles secos cuyas ramas parecen garras a punto de atraparme, tocar las gruesas paredes descarapeladas de edificios derruidos tan grandes como castillos de cuyas grietas salen y entran bichos de todo tipo sin encontrar un solo envoltorio, ni botes vacíos, ni trapos sucios, mucho menos comida en descomposición, como si ahí el miedo no desechara nada, como si nada contaminara sus perversos dominios, donde el miedo puede ser viscoso, asqueroso u oscuro, pulcro e inodoro en su ambiente miserable.
De los inicios hasta aquí puedo deducir incluso que de tanto aire viciado la casa rebosó por las ventanas, desparramándose, dejando en la ciudad un reguero de desperdicios que los camiones de basura a pesar de su periodicidad no son capaces de contener, como si la mía fuese un linaje maldito cuyo virus contamina a su alrededor y ese virus se reprodujera profusamente mientras desde otras ventanas sale otro tanto de virus purulentos que en poco tiempo acabarán devorando todas las ciudades del mundo, apestando ríos y mares en su insaciable voracidad, en el curso de la historia las épocas no han cambiado en cuanto a brutalidad después de todo, simplemente los avances han proporcionado los medios para verlos a placer, escupiendo los mismos virus a través de pantallas para cualquier espectador morboso o degenerado como si el lema fuera: “distráete más, piensa menos” “deshazte de esas molestas hormonas que permiten razonar, buscar y aplicar soluciones por más insignificantes que parezcan”.
¿Dónde habrán quedado esos sueños luminosos? Hace tiempo que dejaron de presentarse, cada vez los ruidos me aturden más, sigo escuchando voces guturales sacándome del sopor, mezclándose con el rugido de los motores de los vehículos, sus escapes exhalando humo negro, el fondo se va volviendo más y más oscuro, a menos que...todavía hay algo bello en la música, en los colores, en los números, en las palabras, en todo aquello que permite al alma flotar, jugar, alejarse de los estratos donde insisten en retenernos...tal vez no sea todo tan catastrófico, tan vez, solo tal vez baste un instante de lucidez, un instante de alegría que, como delgado rayo atraviese la oscuridad y logremos aferrarnos a él como de una cuerda y al jalarla vayamos, si no subiendo, sí trayendo a nuestros infiernos esa luz bendita, tan necesaria para lavarnos en cuerpo y alma, tal vez, solo tal vez baste un gesto de bondad reforzado constantemente como inyección de humanidad que permita eliminar los virus que nos agobian, buscar entre la chatarra abundante la fórmula alquímica que la convierta en oro, tal vez, solo tal vez es tan sencillo que pasé la vida sin darme cuenta, suspirando por esos escasos sueños e inalcanzables mientras las pesadillas me atacaban constantemente, mi voz perdida, mi mente dispersa y divagante desde entonces.
La redención puede no darse, o tal vez sí, entre esos fierros oxidados, en mis manos callosas y mi aspecto deplorable, qué más da, así me han conocido, hoy cortaré la hierba, mañana sacudiré las telarañas y lavaré el piso, voy a reunir piezas para construir una nave, sí, la nave que nunca tendré de verdad, una nave en la que pueda montarme por las noches y recorrer el universo hasta encontrar el mundo que se escapó de mis sueños, con sus paisajes coloridos, sus hermosas y pacíficas criaturas y su luz purificadora que tanto extraño...