Stanley Herrera

16 minutes

A la hora donde el reloj susurra,

pasados dieciséis minutos de medianoche,

el sueño huye aunque el cuerpo implore descanso,

y descubro que el miedo puede encadenar

hasta al espíritu más firme conocido.

Creí que mis primeras batallas

me otorgaban inmunidad ante su sombra,

mas basta rozar la delgada línea

entre la vida y la muerte,

marcada por palabras de un ingrato,

para sentir el frío devastador

que cala hasta los huesos.

Sus heridas verbales, afiladas y torpes,

se escapan de su alma sin freno,

y yo, impotente, contemplo

cómo me atraviesan sin aviso.

Queda entonces el recuerdo lejano,

ese que me recuerda la lucha doble,

la fuerza de mi voluntad

para olvidar, para no rendirme,

para que el miedo, aunque presente,

no gobierne mi alma.