A la hora donde el reloj susurra,
pasados dieciséis minutos de medianoche,
el sueño huye aunque el cuerpo implore descanso,
y descubro que el miedo puede encadenar
hasta al espíritu más firme conocido.
Creí que mis primeras batallas
me otorgaban inmunidad ante su sombra,
mas basta rozar la delgada línea
entre la vida y la muerte,
marcada por palabras de un ingrato,
para sentir el frío devastador
que cala hasta los huesos.
Sus heridas verbales, afiladas y torpes,
se escapan de su alma sin freno,
y yo, impotente, contemplo
cómo me atraviesan sin aviso.
Queda entonces el recuerdo lejano,
ese que me recuerda la lucha doble,
la fuerza de mi voluntad
para olvidar, para no rendirme,
para que el miedo, aunque presente,
no gobierne mi alma.