I
Despierta el sol con paso silencioso,
y dora el aire tibio del hogar;
el mundo se despereza perezoso,
sin prisa de mandatos ni pesar.
Las horas van descalzas por la estancia,
no llevan látigos ni voz marcial;
el día se derrama en dulce holganza
como himno matinal.
II
La calle aún bosteza entre sus sueños,
los muros guardan ecos de quietud;
los pasos suenan lentos y risueños
como si el tiempo fuera juventud.
No hay prisa en la mirada del vecino,
ni urgencia en el latido del reloj;
el alba se arrodilla en el camino
y ofrece su fulgor.
III
El pan caliente exhala su promesa,
la mesa se convierte en festival;
la risa se desliza franca y tersa
como paloma blanca y fraternal.
Las voces se entrelazan sin motivo,
celebran simplemente respirar;
el día se proclama sensitivo
al arte de existir.
IV
El cielo luce túnica de calma,
sin nube que perturbe su pensar;
parece que la bóveda del alma
quisiera en su quietud participar.
Los pájaros escriben con sus trinos
versículos de música y candor,
y el viento los repite cristalinos
con tono soñador.
V
Domingo es un monarca sin espada,
que reina sin imponer voluntad;
su ley es invisible y perfumada,
su cetro es la sencilla claridad.
Gobierna sin decreto ni amenaza,
sin trono ni guardián ceremonial;
tan sólo con la paz que se derrama
como óleo celestial.
VI
Las horas se deslizan como ríos
que ignoran la violencia del torrente;
sus aguas llevan cantos mansos, fríos,
que limpian el rumor de la corriente.
El alma se recuesta en su ribera
y aprende nuevamente a respirar;
descubre que la vida verdadera
consiste en descansar.
VII
Los libros se entreabren como flores
que esperan ser miradas con amor;
sus páginas exhalan resplandores
de mundos que germinan sin dolor.
La mente peregrina sin cadenas,
viajera de papel y de quietud,
y vuelve con estrellas en las venas
y lámparas de luz.
VIII
La tarde baja lenta la colina,
vestida con un manto de ámbar fiel;
su paso no amenaza ni domina,
tan sólo besa el pulso de la piel.
Se inclinan los relojes reverentes
ante su majestad crepuscular;
las sombras se arrodillan obedientes
al verla transitar.
IX
El aire se perfuma de sosiego,
los árboles suspiran gratitud;
parece que la tierra hallara luego
razones para amar su propia quietud.
Los campos se detienen a escucharse,
la brisa se hace música sutil;
el día se contempla al contemplarse
sereno y juvenil.
X
Se enciende el sol tardío como cirio
que alumbra la capilla del ocaso;
la tarde canta un último martirio
de luz que se disuelve paso a paso.
El cielo se reviste de nostalgia,
los tonos se arrodillan ante él,
y el mundo bebe lenta su fragancia
de vino color miel.
XI
La noche abre sus puertas silenciosas,
invita al alma a entrar sin temor;
las estrellas, en filas luminosas,
entonan un salterio de fulgor.
Domingo se despide con ternura,
como quien sabe que ha cumplido bien;
deja en el corazón una dulzura
que durará también.
XII
Y cuando el lunes llame a nuestra puerta
con voz de hierro y paso de deber,
habrá en el pecho una luz despierta
que el sueño dominical supo encender.
Será recuerdo vivo de su calma,
reserva secreta de claridad:
el don que deja el día en nuestra alma,
su eterna suavidad.