Efrain Eduardo Cajar González

Domingo de Luz Serena

I

Despierta el sol con paso silencioso,

y dora el aire tibio del hogar;

el mundo se despereza perezoso,

sin prisa de mandatos ni pesar.

Las horas van descalzas por la estancia,

no llevan látigos ni voz marcial;

el día se derrama en dulce holganza

como himno matinal.

 

II

La calle aún bosteza entre sus sueños,

los muros guardan ecos de quietud;

los pasos suenan lentos y risueños

como si el tiempo fuera juventud.

No hay prisa en la mirada del vecino,

ni urgencia en el latido del reloj;

el alba se arrodilla en el camino

y ofrece su fulgor.

 

III

El pan caliente exhala su promesa,

la mesa se convierte en festival;

la risa se desliza franca y tersa

como paloma blanca y fraternal.

Las voces se entrelazan sin motivo,

celebran simplemente respirar;

el día se proclama sensitivo

al arte de existir.

 

IV

El cielo luce túnica de calma,

sin nube que perturbe su pensar;

parece que la bóveda del alma

quisiera en su quietud participar.

Los pájaros escriben con sus trinos

versículos de música y candor,

y el viento los repite cristalinos

con tono soñador.

 

V

Domingo es un monarca sin espada,

que reina sin imponer voluntad;

su ley es invisible y perfumada,

su cetro es la sencilla claridad.

Gobierna sin decreto ni amenaza,

sin trono ni guardián ceremonial;

tan sólo con la paz que se derrama

como óleo celestial.

 

VI

Las horas se deslizan como ríos

que ignoran la violencia del torrente;

sus aguas llevan cantos mansos, fríos,

que limpian el rumor de la corriente.

El alma se recuesta en su ribera

y aprende nuevamente a respirar;

descubre que la vida verdadera

consiste en descansar.

 

VII

Los libros se entreabren como flores

que esperan ser miradas con amor;

sus páginas exhalan resplandores

de mundos que germinan sin dolor.

La mente peregrina sin cadenas,

viajera de papel y de quietud,

y vuelve con estrellas en las venas

y lámparas de luz.

 

VIII

La tarde baja lenta la colina,

vestida con un manto de ámbar fiel;

su paso no amenaza ni domina,

tan sólo besa el pulso de la piel.

Se inclinan los relojes reverentes

ante su majestad crepuscular;

las sombras se arrodillan obedientes

al verla transitar.

 

IX

El aire se perfuma de sosiego,

los árboles suspiran gratitud;

parece que la tierra hallara luego

razones para amar su propia quietud.

Los campos se detienen a escucharse,

la brisa se hace música sutil;

el día se contempla al contemplarse

sereno y juvenil.

 

X

Se enciende el sol tardío como cirio

que alumbra la capilla del ocaso;

la tarde canta un último martirio

de luz que se disuelve paso a paso.

El cielo se reviste de nostalgia,

los tonos se arrodillan ante él,

y el mundo bebe lenta su fragancia

de vino color miel.

 

XI

La noche abre sus puertas silenciosas,

invita al alma a entrar sin temor;

las estrellas, en filas luminosas,

entonan un salterio de fulgor.

Domingo se despide con ternura,

como quien sabe que ha cumplido bien;

deja en el corazón una dulzura

que durará también.

 

XII

Y cuando el lunes llame a nuestra puerta

con voz de hierro y paso de deber,

habrá en el pecho una luz despierta

que el sueño dominical supo encender.

Será recuerdo vivo de su calma,

reserva secreta de claridad:

el don que deja el día en nuestra alma,

su eterna suavidad.