William26🫶

DEPREDADOR

DEPREDADOR

Wcelogan

 

Soy una especie ávida.

No de luz: de desgarradura respirando.

No de canto: de abertura tibia.

Hay en mí una mandíbula de signos fracturados

que no mastica significado

sino la membrana que lo mantiene vivo.

Escribo

porque la realidad no termina de nacer

hasta que la atravieso.

Desde temprano supe

que el mundo tiene costura.

No visible —

palpable.

Una línea mínima

donde la apariencia se repliega

y deja escapar

un olor tenue a interior abierto.

Otros tocaban superficies.

Yo presionaba bordes.

La madera no era mesa:

era corteza detenida en su muerte.

La pared no era límite:

era piel seca pidiendo grieta.

La fruta no era alimento:

era órgano dulce expuesto al aire.

Así aprendí:

todo lo vivo

pide incisión.

No nací lector.

Nací fisura con ojos.

Antes de la palabra

ya oía

el crujido microscópico de las cosas

sosteniendo su forma.

Ese crujido

me alimentó primero.

Por eso cuando escribo

no describo:

abro.

La pluma es prolongación de diente.

La página es flanco confiado.

Siempre hay un instante

—antes del primer trazo—

en que la blancura respira

como animal echado.

Ahí entro.

No me interesa la belleza.

La belleza es el vendaje

que la cultura coloca

sobre la herida del sentido.

Yo trabajo antes:

en el momento húmedo

en que el significado aún no decide

si será palabra

o secreción.

Ese latido indeciso

es mi alimento.

Mi amor por la poesía

no es devoción:

es metabolismo.

Como.

Digiero.

Transfiguro.

Excreto lenguaje.

Si dejo de hacerlo

la realidad se acumula en mí

como carne sin carroñero

y comienza a fermentar.

Hay noches

en que el mundo cambia de presión.

Algo se desplaza bajo lo visible

y los objetos adquieren

una densidad levemente incorrecta.

Los demás duermen.

Yo despierto

con la certeza física

de que una capa de lo real

se ha aflojado.

Entonces escribo

como quien introduce la mano

en una fractura tectónica

antes de que vuelva a cerrarse.

Toda palabra que uso

ha pasado por desmembramiento.

No confío en vocablos intactos.

Toda lengua heredada

trae piel ajena adherida.

Por eso muerdo.

Arranco usos.

Desprendo hábitos semánticos.

Hasta que la palabra

jadea en estado primario.

Solo entonces

la dejo vivir en el verso.

He perdido superficies por esto.

Conversaciones lisas

se evaporan cerca de mí

como epidermis bajo mordida.

Las cortesías se resquebrajan.

Los climas sociales se tensan.

No es soberbia:

es incompatibilidad de atmósfera.

Yo respiro interior.

Muchos respiran forma.

A veces he querido ser normal:

amar sin incisión,

hablar sin subsuelo,

mirar sin atravesar.

Pero algo en mí

empieza a roer desde dentro,

como animal olvidado

en la caja torácica.

La poesía

no es elección estética.

Es la manera

en que evito devorarme.

Provengo del vientre —sí—

pero no de la ternura prenatal.

Del empuje.

Toda criatura aprende allí

que existir

es presionar contra un límite vivo.

Yo nunca dejé de hacerlo.

Solo cambié de frontera:

del útero

a la realidad.

Cada poema

es mi cabeza insistiendo

contra la estrechez del mundo.

He visto poemas dóciles,

bien adaptados al clima humano,

educados en simetría y agrado.

No los desprecio.

Solo sé

que mi especie moriría de inanición

en ese ecosistema.

Necesito lenguaje salvaje,

palabras con tierra en la raíz,

significados aún tibios de origen.

Cuando un verso se logra

(no perfecto: abierto)

siento una saciedad breve,

como depredador

con la sangre aún caliente en la boca

mirando el horizonte

sabiendo

que el hambre regresará.

Ese retorno

es mi eternidad biológica.

He amado cuerpos —sí—

pero incluso en el amor

buscaba la zona donde el otro

dejaba de ser persona

y se volvía materia temblando.

No por crueldad:

por verdad.

La piel me conmueve

porque revela

que todo ser

es interior sostenido.

Mi genealogía no es literaria.

Vengo de más atrás:

de manos que trazaban animales

en paredes de cueva

no para representarlos

sino para capturar

su pulso vital.

Escribir

sigue siendo eso:

una caza ontológica.

Si alguna vez mis textos perduran

será por accidente geológico,

como huesos conservados en sedimento.

Pero no escribo para durar.

Durar es estatua.

Yo soy herida en proceso.

Cuando muera

no digan poeta.

Digan:

aquí terminó un organismo

que se alimentaba de aperturas,

que desgarraba suavemente la apariencia

para comprobar su latido,

que no supo vivir

sin atravesar la membrana del mundo.

Y si examinan mis restos

hallarán evidencia:

las manos endurecidas por tinta coagulada,

los dientes con fibras de sílabas,

la lengua oscura de noche ingerida,

el esternón entreabierto

por demasiada respiración de abismo.

Comprenderán tarde

lo que ni yo comprendí del todo:

que la poesía

no fue mi obra,

ni mi vocación,

ni mi arte.

Fue el depredador.

Y yo

apenas

la herida

que aprendió

a hablar desde dentro.