DEPREDADOR
Wcelogan
Soy una especie ávida.
No de luz: de desgarradura respirando.
No de canto: de abertura tibia.
Hay en mí una mandíbula de signos fracturados
que no mastica significado
sino la membrana que lo mantiene vivo.
Escribo
porque la realidad no termina de nacer
hasta que la atravieso.
Desde temprano supe
que el mundo tiene costura.
No visible —
palpable.
Una línea mínima
donde la apariencia se repliega
y deja escapar
un olor tenue a interior abierto.
Otros tocaban superficies.
Yo presionaba bordes.
La madera no era mesa:
era corteza detenida en su muerte.
La pared no era límite:
era piel seca pidiendo grieta.
La fruta no era alimento:
era órgano dulce expuesto al aire.
Así aprendí:
todo lo vivo
pide incisión.
No nací lector.
Nací fisura con ojos.
Antes de la palabra
ya oía
el crujido microscópico de las cosas
sosteniendo su forma.
Ese crujido
me alimentó primero.
Por eso cuando escribo
no describo:
abro.
La pluma es prolongación de diente.
La página es flanco confiado.
Siempre hay un instante
—antes del primer trazo—
en que la blancura respira
como animal echado.
Ahí entro.
No me interesa la belleza.
La belleza es el vendaje
que la cultura coloca
sobre la herida del sentido.
Yo trabajo antes:
en el momento húmedo
en que el significado aún no decide
si será palabra
o secreción.
Ese latido indeciso
es mi alimento.
Mi amor por la poesía
no es devoción:
es metabolismo.
Como.
Digiero.
Transfiguro.
Excreto lenguaje.
Si dejo de hacerlo
la realidad se acumula en mí
como carne sin carroñero
y comienza a fermentar.
Hay noches
en que el mundo cambia de presión.
Algo se desplaza bajo lo visible
y los objetos adquieren
una densidad levemente incorrecta.
Los demás duermen.
Yo despierto
con la certeza física
de que una capa de lo real
se ha aflojado.
Entonces escribo
como quien introduce la mano
en una fractura tectónica
antes de que vuelva a cerrarse.
Toda palabra que uso
ha pasado por desmembramiento.
No confío en vocablos intactos.
Toda lengua heredada
trae piel ajena adherida.
Por eso muerdo.
Arranco usos.
Desprendo hábitos semánticos.
Hasta que la palabra
jadea en estado primario.
Solo entonces
la dejo vivir en el verso.
He perdido superficies por esto.
Conversaciones lisas
se evaporan cerca de mí
como epidermis bajo mordida.
Las cortesías se resquebrajan.
Los climas sociales se tensan.
No es soberbia:
es incompatibilidad de atmósfera.
Yo respiro interior.
Muchos respiran forma.
A veces he querido ser normal:
amar sin incisión,
hablar sin subsuelo,
mirar sin atravesar.
Pero algo en mí
empieza a roer desde dentro,
como animal olvidado
en la caja torácica.
La poesía
no es elección estética.
Es la manera
en que evito devorarme.
Provengo del vientre —sí—
pero no de la ternura prenatal.
Del empuje.
Toda criatura aprende allí
que existir
es presionar contra un límite vivo.
Yo nunca dejé de hacerlo.
Solo cambié de frontera:
del útero
a la realidad.
Cada poema
es mi cabeza insistiendo
contra la estrechez del mundo.
He visto poemas dóciles,
bien adaptados al clima humano,
educados en simetría y agrado.
No los desprecio.
Solo sé
que mi especie moriría de inanición
en ese ecosistema.
Necesito lenguaje salvaje,
palabras con tierra en la raíz,
significados aún tibios de origen.
Cuando un verso se logra
(no perfecto: abierto)
siento una saciedad breve,
como depredador
con la sangre aún caliente en la boca
mirando el horizonte
sabiendo
que el hambre regresará.
Ese retorno
es mi eternidad biológica.
He amado cuerpos —sí—
pero incluso en el amor
buscaba la zona donde el otro
dejaba de ser persona
y se volvía materia temblando.
No por crueldad:
por verdad.
La piel me conmueve
porque revela
que todo ser
es interior sostenido.
Mi genealogía no es literaria.
Vengo de más atrás:
de manos que trazaban animales
en paredes de cueva
no para representarlos
sino para capturar
su pulso vital.
Escribir
sigue siendo eso:
una caza ontológica.
Si alguna vez mis textos perduran
será por accidente geológico,
como huesos conservados en sedimento.
Pero no escribo para durar.
Durar es estatua.
Yo soy herida en proceso.
Cuando muera
no digan poeta.
Digan:
aquí terminó un organismo
que se alimentaba de aperturas,
que desgarraba suavemente la apariencia
para comprobar su latido,
que no supo vivir
sin atravesar la membrana del mundo.
Y si examinan mis restos
hallarán evidencia:
las manos endurecidas por tinta coagulada,
los dientes con fibras de sílabas,
la lengua oscura de noche ingerida,
el esternón entreabierto
por demasiada respiración de abismo.
Comprenderán tarde
lo que ni yo comprendí del todo:
que la poesía
no fue mi obra,
ni mi vocación,
ni mi arte.
Fue el depredador.
Y yo
apenas
la herida
que aprendió
a hablar desde dentro.