Autor: Darío Daniel Lugo
Desde ese punto... el de no retorno.
Donde la mirada se rinde porque nada puede ya ser visto.
Donde los tiempos—antes infinitos—tienden ahora a la quietud,
y la luz se desvanece, agotada, en un espacio que ya no la reclama.
La sombra ha dejado de existir,
pues la oscuridad es tan absoluta que ya no refleja... solo gobierna.
En este vacío, el ser no muere: se transmuta.
El abismo es lo único que no se puede nombrar;
una verdad insondable que se deja así... tal cual es.
Porque nombrar es limitar, y aquí no hay límites.
No hay líneas. No hay suelo.
El ruido es una memoria olvidada en el punto que desaparece.
Entonces, la lanza atraviesa el silencio...
y el “yo” renace.
No fuera, sino dentro.
Justo en el corazón de aquello que tiende a desaparecer.