Tu voz es un fantasma que aún recorre mi sala,
una cuerda de violín que en el silencio se instala.
Y es este hueco, amor, una cicatriz de invierno,
el inventario mudo de este dolor eterno.
Extrañaré el refugio que hallaba en tu mirada,
esa luz sin preguntas, de alma desarmada.
Extrañaré el calor de tu mano en la mía,
un ancla de granito que al fin se ha perdido en la bahía.
Tu risa, esa cascada de plata que rompía la rutina,
hoy es solo un eco, una melodía extinta.
El rincón del sofá donde solías leer,
es una tumba de terciopelo que no puedo mover.
Extrañaré tu forma de ordenar mis desordenes,
de convertir mis prisas en pausados órdenes.
Tu paciencia, un manto de nieve sobre mi fuego,
que hoy se derrite y me deja sin juego.
La metáfora eres tú de la palabra Hogar,
y ahora mi casa es un páramo que no sabe habitar.
Extrañaré la crítica suave, el reproche bien dicho,
el hilo de la verdad que sacaba de mi nicho.
El silencio que dejamos es una aguja fría,
que cose en mis pupilas la penumbra de cada día.
La ironía es que al irte, te quedaste en todo,
un espejo de hielo que me devuelve el lodo.
Y este amor, que es un río de lágrimas saladas,
deja atrás en la orilla todas nuestras madrugadas.
Lo que extrañaré de ti es mi propia vida contigo;
soy un libro cerrado, sin tu prólogo, sin tu testigo.