En mi familia no faltó amor.
Faltó coraje para nombrarlo todo.
Había palabras que vivían en los márgenes,
miradas que sabían demasiado
y mesas donde el silencio
era el invitado principal.
Yo aprendí a hacerme pequeño.
A medir mis gestos.
A guardar preguntas en el bolsillo
para no tensar el aire.
Creí que así cuidaba a los demás.
Creí que así se sostenía una casa.
Nadie me lo pidió.
Lo entendí solo.
Crecimos esquivando lo que dolía,
llamando paz a lo que era miedo,
confundiendo armonía con ausencia de conflicto.
Yo también participé.
Yo también callé.
Yo también preferí pertenecer
antes que incomodar.
Y eso me marcó.
Me perdonaron.
Pero yo seguía señalándome en silencio,
como si hubiera fallado en algo
que nunca supe explicar.
Hoy bajo el dedo.
No fui fuerte ni débil.
Fui un niño aprendiendo a respirar
en una habitación cerrada.
Y lo hizo como pudo.
Hoy abro la ventana.
No para acusar.
No para romper.
Sino para dejar de encogerme.
La verdad no destruye la familia.
Destruye el miedo.
Y yo ya no quiero miedo.
Hoy me perdono.
Y al hacerlo,
me quedo.
Antonio Portillo Spinola