Tal vez, no lo sé…
Solo pienso que, como no pudiste verme con la botella en la mano, creíste que era algo pasajero.
Comprendo.
Eran las nueve de la noche, el mismo tiempo que la diferencia de nuestra edad. Recuerdo haber preparado café, sin azúcar y mal hecho. Te reíste. Pregunté demasiado sobre ti, no porque me interesaras tanto, sino para saber si eras zona salva.
En la segunda ocasión fui más concreta.
Tenía la botella en las manos y el corazón por el suelo. Sé que te diste cuenta y decidiste ignorarlo, como la botella, la pipa y el humo.
No recuerdo el día, la fecha ni la hora. Solo recuerdo que eran como las doce de la madrugada, el mundo dormía mientras nosotros… bueno nos despojábamos.
Después de ahí, las tres de la mañana… y siempre todas las madrugadas.
Entonces, ¿cómo pretendiste que todo eso se convirtiera en una ecuación de tres, con las tres de la tarde y yo un domingo frente a tu casa?
Quizá no era cuestión de no quererte.
Quizá fue que te quise más y, extrañamente, de una forma tan desfigurada que todavía es capaz de tentarme. Aún ahora. Aún hoy.
No encuentro a nadie como vos y tu voz.
Entre palabras tenía que adivinar de qué hablabas.
Yo, solo estando ebria mientras te enojabas porque había perdido el hilo del chisme que tenías. Odiaba decirte que aún estando ebria los chismes nunca me han interesado, quizá era más por eso que perdía el hilo que por el alcohol en mis venas.
Pero ahora…
Cuando hablas y discutes queriendo que regrese alguien que nunca estuvo, pienso. ¿En dónde se supone entonces que estuve todo ese tiempo mientras te mostraba quién era, que me dolía?
Cuando en tus pretensiones y en los proyectos que acechaste durante dos años, esperando convencerme. Vuelvo a mi en el espejo y no acabo de preguntarme ¿Qué entendías cuando te decía que estaba harta de los ideales y de los idealistas?
Yo ya tenía identidad antes de conocerte.
Que estuviera perdida no me hacía una desconocida de mí.
Yo ya sabía qué no quería, y eso era lo importante.
Pero, de pronto, empezaste a decirme que ya no era yo.
Que estaba mal en muchas formas.
Que era rara y loca.
Y yo, sabiendo que tú estabas mal en otras formas, jamás me enfoqué en juzgarte.
Acepte tu ser, porque he de suponer que esa es la primera forma de amar: aceptar y respetar los pensares sin la necesidad de interrumpirlos, simplemente dejarlos al libre albedrío de su amo.
Mientras a mí me importaba una mierda las cosas malas que te incluían, las cuales no me presentantes, pensé: Bueno ¿Quién lo hace?
Todo tu lado bien pesaba más que el mal en lo que a mí me parecía. Porque bueno, venía demasiado herida.
Yo pensaba: Las cosas malas… bueno, cariño, somos humanos y fallamos. Yo lo he pasado.
Pero tú me prediseñaste en tu cabeza.
Me hiciste una mujer de falda larga y sábados de iglesia.
Una que no salía a tres pasos de su casa.
Y, cariño, yo soy más de alas que de jaulas.
No sé nada sobre presiones y mucho sobre paisajes.
Mi bien radica en no entrometerme con nadie.
Creo, que yo te acepté como eras porque, de alguna manera, sabía que si te juzgaba te borraba. Te quitaba toda forma de ser el correcto.
Creo, que yo te acepté como eras porque, de alguna manera, sabía que si te juzgaba te borraba.
Te quitaba toda forma de ser el correcto.
La cuestión es que yo no estaba buscando lo correcto.
Yo solo estaba buscando a un hombre.
Simple y de piel con huesos.
Mortal, sin la aprobación del cielo.
Creo que, el buen pensar de Dios sobre uno lo va formando más por lo que comprendemos que por lo que nos limitamos a hacer.
Lo va formando con el tiempo.
Creo, que yo te acepté como eras porque, de alguna manera, sabía que si te juzgaba te borraba.
Te quitaba toda forma de ser el correcto.
Y ahora que me desconoces, y ahora que yo te he llegado a conocer, ninguno de los dos sabe qué hacer con lo que siente.