ECOSISTEMA
Había un lugar
donde los poetas se hacían
a punta de palmadas en la espalda.
Un círculo perfecto de elogios
donde “genio” era moneda
y todos éramos ricos
en una economía de cartón.
Ahí aprendí
que la fama no exigía escritura.
Basta llegar temprano,
aplaudir fuerte
y no romper el pacto.
Los viejos guardias,
reyes de un reino del tamaño de una sala,
repartían coronas
a quienes sabían inclinar la cabeza...
a tiempo.
Antologías cerradas como invernaderos:
solo entraban las especies compatibles.
El juego era simple:
dime profundo y te diré brillante.
Publica mi nada
y publicaré la tuya.
Construyamos juntos
este teatro de sombras
donde todos somos Lorca
para un público de tres.
Mientras tanto,
los que traían hambre en la palabra,
filo en la imagen,
algo que decir
que no fuera ornamento,
quedaban afuera.
No pedían oxígeno.
No negociaban.
No esperaban turno.
Y eso,
en un ecosistema
de respiración asistida,
era imperdonable.
Yo también jugué.
Aplaudí versos que me daban vergüenza.
Escribí elogios
para libros olvidables.
Callé
cuando debía decir:
esto no es poesía,
es papel tapiz con rimas.
Quería pertenecer.
Pero era un cuarto cerrado
donde todos respirábamos
el mismo aire usado.
Allí aprendimos
a confundir eco con voz,
a llamar canon
al inventario de los mismos nombres.
Nos citábamos unos a otros
como si el reflejo
fundara la luz.
Plantas de interior:
verdes, correctas,
sin intemperie.
Hasta olvidar
que la raíz
no busca vitrinas.
Afuera,
donde el lenguaje no tiene padrinos,
donde el poema
no hereda oxígeno,
donde la palabra
se gana su propia respiración,
ahí,
exactamente ahí,
empieza la poesía.
Y también
la soledad
que la merece.