Cielo azul, cielo mío,
tú que cobijas con sábanas doradas el sol y la luna
y engalanas con tu aliento el universo;
tú, testigo fiel de mis alegrías
y cómplice gris de mis silencios.
Conoces mi dolor, ese que desborda los mares,
y la furia que retumba cuando el desdén me alcanza.
Eres tú, compañera de mis clamores,
quien me hace caminar sobre alfombras de rosas y espinas.
Mundo bello, arrogante y sagrado,
donde la flor más decente embellece mi jardín
y sus pétalos son besos de carmesí en el viento.
Mensajera de almas, ladrona de sombras,
llevas el perdón como un estandarte
y unes las vidas en una amistad alabada.
¡Oh, locura de mis amores!
No temo a tus espinas, sino a la falta de tu aroma.
Musa incomparable, llenas mi alma de pasiones.
Tu voz resuena como un eco eterno,
siento tus manos rozar el vacío de las mías
y te extraño en la cadencia de cada día.
Llegas como una primavera eterna,
pintando de colores los muros de mi espíritu,
embelesando el corazón con una canción celestial.
Eres el agua viva de mi manantial,
el faro que nunca se apaga en mis noches sombrías,
la brújula que me salva en medio del mar.
Te escribo a la velocidad de mi pulso,
con palabras que apenas rozan lo que siento,
vacías de ruido, pero llenas de asombro.
Me rindo ante una ternura que anula mi voluntad;
te miro y el mundo deja de existir.
Deseo no quererte y solo soy capaz de amarte,
quiero olvidarte y te conviertes en mi pensamiento,
quiero alejarme y te encuentro dentro de mí.
Si me llamas, si buscas refugio en mis ojos,
aquí estaré, guardián de tu consuelo.
Vuelve tu mirada y confírmame que existo,
porque no saber amarte, dama de mis sueños,
es simplemente... no saber ser feliz.