Mi lengua es un torrente viperino,
flor casi puesta en una orilla
donde el agua apenas roza mis entrañas.
La lengua cruza el río del cráneo,
y en la otra orilla del cerebro
deja su bifidez como signo de un antiguo libro
apenas entreabierto:
allí comienza el pensamiento,
allí la herida se llama idea.
allí la llama cruza el umbral
por los médanos de la falacia y la cordura.
Y le han puesto trampas… trampas a mi lengua
de azogue, sombrero filosofal de las delicias
que eternizaron una tal felicidad.
Le han puesto trampas de vinagre con los aparejos de la sal,
y mi lengua apenas sabe del pesado sabor a calamidad;
del demiurgo extraviado entre las resmas de mi papel
blanquecino y húmedo, agridulce sabor de potestad.
Le han puesto trampas de longeva dignidad,
con cristales destemplados y un camaleón
que a tientas gotea sus rastros de virilidad.
Trampas tiene mi lengua
de telaraña satelital, cosmos de sabiduría
y un gusano que devana hilos invisibles
a todo el delirio de su majestad
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