José Luis Barrientos León

La cortesía del olvido.

 

Hoy me he ido, o tal vez ayer; los detalles son irrelevantes.

El sol sigue ahí, golpeando con la misma saña

los techos de zinc y las nucas de los vivos,

que sudan por inercia, ajenos a mi nueva quietud.

 

La eficiencia del vacío:

Qué alivio comprobar que el mundo no tiene memoria.

Apenas el cuerpo se enfría, la burocracia se pone en marcha

Un sello oficial clausura mis ambiciones.

 

Mi jefe ya está revisando currículos para el lunes.

Y mis amigos, con una prisa casi cómica,

beben vino barato para olvidar que ellos siguen en la fila.

 

No hay tragedia en ser sustituible,

solo una lógica matemática que el mar entiende bien.

Las olas no piden permiso para borrar la arena;

simplemente pasan, con esa tierna indiferencia

que es el único lenguaje honesto que nos queda.

 

El absurdo sin adornos:

Mañana alguien se sentará en mi silla preferida

y pedirá el mismo café, con el mismo azúcar,

sin sospechar que el aire que respira es mi herencia.

 

Es casi un chiste de buen gusto:

morir para que el mozo no pierda la propina.

Acepto este silencio con una sonrisa seca.

 

No busco la eternidad, me basta con la lucidez

de saber que, mientras mi nombre se disuelve,

el universo sigue girando, magníficamente inútil,

sin la menor intención de echarme de menos.