Yo vengo de un origen que me negó su nombre,
de un umbral que se cerró antes de abrirse a mí,
y crecí entre los hombres como crece una sombra:
sin raíz que me ancle, sin luz que me defina.
¿Qué es un hombre sin padre que lo mire a los ojos?
¿Qué es un alma sin tierra donde hundir sus pies?
Soy el surco vacío, los marchitos rastrojos,
la pregunta sin eco que se pierde en la mies.
Me llamaron monstruo los labios del desprecio,
me llamaron veneno, manipulación, error;
y yo, sordo y herido, fui pagando ese precio
con monedas de carne, con centavos de amor.
Oh, triste arquitectura la del alma sin cimientos,
que se busca en los otros porque adentro hay un abismo,
que confunde el encuentro con los vanos momentos
en que el viento le dice que existe, que es sí mismo.
Pero escribo estas líneas como quien siembra fuego,
como quien deja un rastro de que estuvo aquí,
como quien dice al mundo: existí, aunque luego
nadie me recuerde, aunque nadie me abrió.