Efrain Eduardo Cajar González

El Noble Arte de Trabajar y Sobrevivir

I
Suena el reloj cual gallo sindical,
me grita: “¡Arriba, esclavo del deber!”
Yo pacto tregua, intento negociar,
mas no se deja el tiempo convencer.
Me visto rápido, café en la mano,
corbata en guerra con mi dignidad,
y salgo al mundo, héroe cotidiano,
armado sólo con puntualidad.

II
La silla espera cual trono cansado,
el jefe acecha cual águila legal,
el teclado tiembla disciplinado
al ver mi cara de lunes mortal.
El correo brota como maleza,
mensajes crecen sin explicación,
y yo respondo con suma destreza:
“Recibido.” — suprema creación.

III
Reunión número uno del día:
tema central: la reunión de ayer.
Se debate con gran gallardía
qué se podría luego discutir.
Se aprueban planes para otro encuentro,
se agenda el plan de planificar,
y al fin concluyen, muy satisfechos dentro,
que hay que volverlo a revisar.

IV
El almuerzo llega cual redentor,
pan celestial, bendito manjar;
mas dura poco su santo fulgor,
pues vuelve Excel a reclamar.
Las tablas miran con ojos de hielo,
las cifras cantan himnos de terror,
y yo les ruego mirando al cielo:
“¡Ten piedad, oh santo contador!”

V
El compañero sabio proclama
que trabaja mejor al final;
desde las nueve anuncia y declama
que luego empieza lo laboral.
A las cuatro medita profundo
sobre el misterio de producir,
y a las cinco declara al mundo
que ya es muy tarde para rendir.

VI
La impresora, bestia indomable,
elige hoy no colaborar;
le hablo amable, luego implacable,
mas sólo sabe toser y llorar.
Le doy palmadas diplomáticas,
le ofrezco hojas en sacrificio ritual,
y responde con risas estáticas
y un papel masticado triunfal.

VII
El viernes llega como profeta,
promesa viva de salvación;
camina lento, se hace poeta,
declama versos de liberación.
Mas cuando al fin su campana estalla
y suena el himno de libertad,
recuerdo horrendo, vil canalla:
¡el lunes vuelve en brevedad!

VIII
Así transcurre mi noble jornada,
batalla épica sin espada ni corcel;
la gloria es poca, la paga moderada,
pero el drama es digno de un laurel.
Que escriban bardos con tinta y tiza
mi hazaña gris de supervivir:
no vence el fuerte ni el que improvisa…
¡vence el que logra no renunciar y reír!