LA MUJER QUE NO ELEGÍ
Te escribo ahora
que el brillo terminó de mentirme,
cuando la luz que perseguí
se apagó como un escaparate
y me dejó las manos llenas de reflejos…
y ninguna hoguera.
No fue culpa tuya
que mis ojos obedecieran al fulgor.
Confundí resplandor con calor,
línea perfecta con vida,
gesto aprendido con alma.
Había en ti —lo sé ahora—
una claridad sin espectáculo:
lámpara encendida
en casa habitada.
Pero elegí el relámpago.
Lo instantáneo.
La flor hacia afuera
como si el mundo fuese solo mirada.
No supe ver la raíz:
no hacía ruido.
Tu belleza no entraba por los ojos:
crecía.
Se quedaba.
Tomaba forma en el tiempo
como pan que fermenta en silencio
y vuelve necesario el regreso.
En tu risa no había máscara.
En tu silencio
podía sentarme
sin ser otro.
Lo entendí tarde:
tu hermosura no deslumbraba,
hipnotizaba.
No detenía el mundo:
lo volvía habitable.
La otra fue incendio breve:
ardía hacia afuera.
Tú eras fuego interior:
ardías hacia dentro
y calentabas todo.
Perdóname
por amar primero
lo que brillaba.
Nadie me enseñó
que la belleza más honda
no entra por la pupila
sino por la vida.
Hoy sé:
la mujer que no elegí
era la única
que podía elegirme sin error.
Si pensaste
que no te vi,
que no te supe,
que no te quise lo suficiente…
tenías razón.
Te descubrí
cuando ya no estabas.
Desde entonces…
todo lo hermoso
me parece apenas correcto.