De verdad, la mujer que en mi piel es ardor
en la noche febril, del oliente jardín
que se viste de sol, ¡es magnánima flor:
su sonrisa, sin más, elimina mi esplín.
El color invernal con que viste el dolor,
me lo torna de abril con su claro verdín.
A mi cólera vil le replica su amor,
su bondad en verdad que no tiene confín.
Edulcora la hiel, de la inquina la hez;
con sus ojos de luz, con su plácida faz,
me transmuta el sabor del oprobio rahez.
Si es que ahora me voy —pues la vida fugaz
sin hacerse anunciar nos sorprende una vez—,
venturoso me iré, ¡complacido y en paz!
lunes, 20 de febrero de 2012